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Quilombo y otros suburbios

(fragmento)

por David Viñas

 

"Hablaré cosas reservadas de antiguo, las cuales hemos

oído y entendido, que nuestros padres nos las contaron"

Salmos, 88,2

 

A Pola la venía siguiendo desde fines de abril. O quizás desde aquel miércoles de ceniza tan confuso en que, por fin, regresé de la Capital. Y en verdad te digo, mi querido, que llegué a sentir que la perseguía. No, no, no: no era una diosa frigia ni algo inesperado: Bensusán ya le había dedicado unos endecasílabos y fueron varios los que se rieron de él cuando insistió en leerlos con una devoción desproporcionada: rimaba azules con abedules, imagináte, y hasta pretendía justificarse apelando a cierto poeta muy prestigioso del Yucatán. "Viril y retumbante". Pero el hecho, y, sí, es que yo la había descubierto tomando sol en un hueco de las cinacinas al borde de la laguna. "Una especie de cueva". O de nido, llegué a calcular. O de matorral húmedo y carnoso.

–Bensusán: por favor no insistas, Bensusán.

Pola había ido caminando a lo largo del paredón del cementerio, antes de llegar al Establecimiento, sí, sosteniendo una silla de esas de lona mientras arrancaba flecos de los carteles que anunciaban las romerías de enero, y pasando la mano por encima del cerco de ligustro "Como si fuera la cabeza de un chico recién rapado". Se miró los dedos, se olió la palma un largo rato, de manera tal que no supe si el olor de esa planta la entusiasmaba o, más bien, si Pola se estaba haciendo su propio horóscopo. Silbó con el gesto de un muchachito insolente, y de vez en cuando miró hacia atrás como para verificar si alguien la seguí o la estaba espiando, "Farsante". Chiflaba hundiendo el índice entre los labios: esperó no sé qué o, por ahí, algún eco; recogió un cascote, midió la distancia cerrando un ojo, y acertó entre unas gaviotas que sacudieron las alas, gritonas, indignadas, remontando vuelo hacia las arboledas del fondo. Las insultaba: "¡Atorrantas, corran, juanetudas!". Después empezó a desnudarse: lenta, como deliberada, bajo ese sol naranja. Sólo se dejó un ancho sombrero de paja con una cinta que le rodeaba la copa.

–No; te digo que no, mi querido; no se soltó el pelo.

Como: "de llamarada". Sí; por cierto. Unas piernas muy largas; unos tobillos pesados de campesina polaca: "Mi alazana". No. "Mi frisona", pensé. Frotó los pies desnudos en el yuyo después de patear a un costado sus sandalias de fraile; respiró hondo alzando el pecho y miró ese cielo muy despacio, sin curiosidad, y exhibiendo. "Axila roja". Así era. "Sí". Y seguramente dibujando el borde de una nube –que flotaba sobre la laguna– igual a la isla de Chipre. Pola había extendido su sillón de lona. Pero, no. "No", te estoy diciendo: se estiró sobre el suelo; y cruzando una pierna sobro la otra rodilla, se puso entre los sabios un cigarrillo que le costó encender.

–No le faltaba nada; casi como demasiado, ¿no te parece?

–Si me interrumpís, no te sigo contando.

–Perdón, mi viejo. Perdón.

Serían Winchester rubios: eso me había informado el kioskero de frente a la casa parroquial que era uno de sus confidentes. Pero desde donde yo estaba, en una especie de muesca en esa loma, sólo veía los espirales de humo que Pola iba soltando.

–Era hermosa y dura.

Oh, sí: gozaba de lo que entonces se decía mala fama en un pueblo tan imperceptible como La Cañada: en la última misa de gallo el Padre O'Farrell, después de bendecirnos y trepar al púlpito y de aludir al Profeta Isaías y a cierta ciudad destruida por sus pecados o por el ruido de varias trompetas, empezó marcando unos círculos imprecisos con el brazo: carraspeó tironeándose de la casulla. Realmente no me acuerdo si por el calor o porque acababa de heredarla del Arzobispo de la Capital. Hasta que insinuó la última fila de bancos: ahí estaba Pola, arrodillada todavía y abrazándose a su libro de oraciones. "Ponía cara de opa", me había comentado Martzell el verano anterior. Era un libro blanco, nacarado, y con un broche que unía las tapas. El Padre O'Farrell no la nombraba, desde ya, pero hablaba de Sodoma y de ciertas murallas y de una lluvia de fuego, y de las mangas largas de las demás muchachas y de la obligación de ponerse un par de esos cilindros de papel madera que cubrían hasta los hombros. "Desnudeces", repitió el Padre O'Farrell, y estiraba el cuello alzando la frente hacia el plafón de la iglesia: San Miguel, con armadura romana le encajaba un lanzazo a un demonio que se retorcía con algo de escorpión y rencoroso. "Desnudeces, falta de vergüenza, nada de pecado venial", iba enumerando el Padre O'Farrell mientras Pola abría y cerraba el pellizco de su devocionario; era un ruido diminuto que parecía un insecto metálico en medio del silencio de esa iglesia que se me fue convirtiendo en una burbuja hueca. Muy pocos se animaron a mirarla dándose vuelta: Bensusán que andaba escribiendo alguna nota para su diario; mi madre que se acomodaba sus lentes de oro y, me parece, el loco Monteavaro que se metía por los rincones para ir sacando sus fotos.

–Pero, ¿la seguías o no?

–La seguía. Te digo que sí. La venía siguiendo. Todo ese verano la seguí. Qué duda. Y muchas veces se me escapaba o la perdía de vista. Por eso, al anochecer llegué a pararme enfrente de su casa. "Hacer puerta": una esquina sin ochava, con enormes tunas que se asomaban cabeceando, y el frente de ladrillos sin revocar. Incluso, sí, sí, con botellas quebradas sobre el filo de la pared y algunas matas como de cardo que crecían en algunos huecos. "Inolvidable". Hasta la pared la podría dibujar. Estuve horas esperando. No sé qué: no le había hablado jamás, salvo en el colegio, pero apenas, como de paso: Pola era algo mayor y no me daba ni la hora. Ni a mí ni a nadie. Y todavía no estaba muy bien enterado si se le fruncía salir sola de noche. "Decían". Se decía. No me preguntes quién lo decía: todos. Nadie. Qué sé yo. Pero vaya uno a creer ciertas cosas. Vos te sabes de memoria qué chismosos son esos pueblos. ¿O miserables? "Hipócritas". Repiten o inventan. O mienten con encarnizamiento; despiadados, empecinadamente. "Hasta despanzurrar". Sobre todo si se trata de una mujer joven a la que todos le tienen ganas. Ganas. Y qué ganas, mi querido: tarascón, a los tirones, y metiendo los codos para que nadie te gane. ¿O te parece que exagero? "Pola era una diosa frigia en medio de la pampa". Te suplico que ni te sonrías. O decíme y así nos reímos juntos. Porque a gatas si tuve la sensación, esperando en esa esquina, de que alguien se asomaba por detrás de una cortina de junco con pagodas pintadas y se quedaba un rato espiándome. Hasta amagué como si fuera a cruzar para ver si esa cortina bajaba. "Bajó". Y de ahí en más empecé a mandarle regalos: algo que no se le ocurriera a nadie en ese pueblo polvoriento; y mucho menos durante aquellas noches en que todo parecía muerto.

–Se hacía la muerta a semejante hora la gente de La Cañada.

Y mucho más al amanecer, cuando empezaba a olerse ese como aliento a panadería. Un conejo fue lo primero: era medio idiota ese animal blandito que se estremecía desde las orejas. Siempre me pareció que tienen algo de helecho los conejos; sobre todo si son tan blancos. Me reí, Sí: yo. En realidad, no me reí; aunque seguramente Pola se reiría: dejaba una estela de puntos negros ese chico de pelusa y tan asustadizo. Y cuando lo metí entre la reja y las pagodas, fue depositando esas bolitas oscuras. Tenés razón: parecían unos caramelos que llamábamos media hora en el San Estanislao de Kotska. Acerté: Pola se rió a carcajadas. Me lo confesó mucho tiempo después. Pero más todavía del cartel que yo le había colgado del cuello a ese animal atado con una cinta roja. Había escrito "yo" con letras mayúsculas y subrayadas. "Yo ". ¿Y quién era yo?... Pola me pegó unos empujoncitos que fuimos al zoológico. No, hombre; no en La Cañada. Esperá. No te impacientes... Una sola noche se asomó a su puerta mirando hacia un costado y al otro; cruzaba los brazos sobre el pecho esperando no sé qué. ¿Te dije "impaciente"? A mí no me vio. O habría resuelto que todavía no le interesaba verme. Porque yo me hundía en el portón de la herrería de Urnagaray hasta que sentí que se me iban incrustando dos de esos clavos que dibujaban una herradura monumental. Pola silbó con ese chiflido de canillita descarado; otro silbido le contestó desde atrás del frontón. Esperaba. Escupió varias veces como haciendo puntería en el aromo de la vereda. Pasó un rato: "un hueco en medio de la penumbra de la calle Blandengues". Después se hundió en el zaguán y reapareció con su bicicleta. Cruzó la calle. Hacia donde yo estaba. Silbó otra vez: "¿Por qué te escondés, fantasma?", gritó. Yo me quedé quieto. "¿A quién esperás, fantasmón?". Yo retrocedí contra la puerta sintiendo que esos clavos enormes se me incrustaban en el lomo. "Sos un conejo vos; y vas a venir a limpiarme la alfombra". "Pola", murmuré. "Qué hay". "Nada". "Mirá que mi madre va a empezar a odiarte y ni siquiera te vio la cara". Saltó sobre su bicicleta revoleando una pierna y pedaleó en dirección a la laguna pegando timbrazos y encendiendo y apagando su enorme foco de camioneta.

–¿Libros?

–Uh, sí: ineludible. Empecé cautelosamente con Nalé Roxlo porque Bensusán se había asegurado que Pola quería leer El Grillo. Fue una concesión de mi parte. O una especie de estrategia. Pero como Nalé me resultaba gotea ese bagre. " Qué risa.

–"¿No te reís, Pola?"

Pero ella, de pronto, se había aparecido un mediodía que anunciaba lluvia en ese auto descapotado el primero que cruzó el bulevar de La Cañada. Al comienzo en compañía de eso chico que pasaba sus vacaciones en La Rodeada. Sí hombre, sí: la estancia que queda pasando los hornos del camino a Lobos. Y después sola, manejando, muy diestra, con su cabellera roja y la chalina (la que yo le había dejado en la escalinata de la pagoda) flotando al viento.

–Como un río de llanura.

–¿Eh? Sí. O algo por el estilo.

En realidad, yo la conocía de antes; yo estaba en tercero –junto a Bensusán– y Pola en quinto: le había tocado disfrazarse para la fiesta del fin de curso; de abanico y peluca blanca representaba Marivaux bajo la dirección de la antigua profesora francesa. Rola con zapatos Luis XV vacilaba encima de esos tacos y se abanicaba con vehemencia. Hacía de criada respondona y algún vizconde empolvado la perseguía entre los sillones del escenario. Mi madre fue quien más la aplaudió y yo la imité a mi madre.

–¿Martzell hacía de vizconde?

–¿Francamente? Ahora que me lo preguntás, no me acuerdo. O sí. Sé: Porque Pola se sacaba un lunar de la mejilla y se lo pegaba a él sobre el labio. Alguien le celebraba con fervor esa especie de morcilla pero no se reía aunque aplaudía con los brazos en alto.

–Borzani era.

–¿Quién?

En el club fue. En el náutico. No, no; ni en el vestuario del fondo ni en la cancha de paleta, sino en el patio del aljibe rodeado de juegos de sapo. Pola bailaba con uno que yo no conocía. "Un forastero", se decía en aquellos años de manera maliciosa. Iba con una careta de Alvear y su calva redonda. Pola giraba muy rápido con el baile; a veces se separaba de su pareja, recogía una de esas monedas de bronce apiladas sobre una mesa y la tiraba a la boa abierta del sapo. Acertaba con los cinco y los siete. Y ella misma se aplaudía. El disfrazado de Alvear también aplaudió con desgano pero se iba cansando; hasta que, bruscamente, y como corriéndose hacia algún rincón, disimulado y entre bostezos, se fue escapando. "Adiós, doctor Alvear". "Adiós, ?????". Pola se sentó en una silla frente a esa mesa cubierta de botellas de Quilmes.

–Parecería un cartel de propaganda.

–Ahá. Estiraba los pies y se contemplaba la punta de sus zapatos dorados. No; no se los sacó; más bien se los fue limpiando con una servilleta. En ese momento resolví acercarme. –"¿Hasta cuándo vas a seguir espiándome desde lejos?", me encaró. Yo me quedé en silencio. Pola me pasó su servilleta arrugada y yo la acomodé encima de la mesa. Después bailamos. No; no bailamos. Apenas si dimos un par de vueltas: Pola tenía la frente cubierta de sudor. Me dijo "–No me puedo secar porque tengo el pañuelo húmedo y las manos sudadas. ¿Me dejás?" –y se secó los dedos en mi brazo. "¿Te jode?", quiso saber. "No; más bien me entusiasma". Salimos. Hacia su casa. Por el borde de la laguna. Una cuadra antes del Establecimiento.

–¿Había luna?

–No luna.

Pola se fue apoyando en mi brazo: "¿No te cansás de espiarme?" "¿No te da un poco de vergüenza?" "¿Vergüenza?" la miré de costado "¿Por qué me tiene que dar vergüenza?" y señalé vagamente las casuarinas que se balanceaban; algo dije sobre las caderas de los árboles. O, quizá, sobre la piel de los elefantes. Pero no me salió demasiado bien. Y de pronto, Pola se fue alzando la blusa y me mostró su pecho desnudo: "Tengo mucho más cuerpo todavía", me dijo. No me sonreía.

 

 

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