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revistas literarias completas
 
EL ARCA DEL SUR
Año 9 - Nº 73
(Diciembre 2000 - Febrero 2001)
 
ELECCION DE TEXTOS
Alejandro Alvarez
 
DIRECCION POSTAL
Irigoyen Freyre 2935
(cp 3000) Santa Fe - Argentina
 
CORREO ELECTRONICO
 
PAGINA EN INTERNET
 

 

ARCANAUTAS!

 

Lina Klinkowicz de Prieto (Buenos Aires)

Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales (Montevideo, Uruguay)

Rubén Feldman-González (Alaska, EEUU)

Amigos Aldeas Rurales Escolares (Santa Fe) candioti@ciudad.com.ar

Lapislázuli Nº 48 (La Serena, Chile)

Marta Colletti (Santa Fe)

Carlos Miranda (México)

Elsa Hupchmid (Santa Fe)

Cuaderno Carmín Nº 15 (San Justo, Bs. As.)

María C. Marra (Rosario, Santa Fe)

 

 

 

Debe trazar bien su melga

quien se tenga por cantor,

porque sólo el impostor

se acomoda en toda huella.

Que elija una sola estrella

quien quiera ser sembrador...

 

 

Atahualpa Yupanqui

de El payador perseguido, relato por milonga

* melga (o amelga) es la faja de terreno que se señala para sembrarla con igualdad

 

 

 

 

 

Ni el individualismo ni la sociedad masificadora son soluciones humanas, pues el primero no piensa en la comunidad y la segunda olvida al hombre concreto.  Ambas son abstracciones esencialmente dañinas.  Pues el reino del hombre no es el estrecho y angustioso territorio de su yo, ni el abstracto dominio de la colectividad, sino esa región intermedia en que suceden el amor y el arte, el diálogo, la comprensión y el trabajo en común.  Eso es lo que hemos perdido.  Así ciertos filósofos del viejo liberalismo consideraron la sociedad como una yuxtaposición de individuos y es probable que esa doctrina, basada en la idea de un yo independiente —y en su egoísmo— haya sido la raíz de la ferocidad empresaria de aquellos mercaderes y fabricantes de la Revolución Industrial que se lanzaron sobre sus propios trabajadores y sobre las desvalidas aldeas primitivas para inyectarles trapos y basura destruyendo sus arcaicas culturas.

 

Ernesto Sábato

en La Nación, 24/6/1991

 

 

 

 

 

APUNTES DE UN VIAJE AL CORAZON HUMANO

 

 

Hay algo que vemos claramente:  no existe otro mundo que el que estamos haciendo hoy.  El tiempo de la siembra es siempre ahora mismo, y no comprenderlo es perpetuar un engaño que ya venimos padeciendo.  Si hay razones para entrever un futuro peor es porque, en general, seguimos obnubilados en la delirante carrera que propone, cuándo no, el poder del más rápido.

También entendemos que, al menos en un país como el nuestro, no se eliminan las injusticias predicando el crecimiento económico, sino emprendiendo sin demora las alternativas de cambio cuyo objetivo concreto sea que todos puedan alimentarse, vestirse, sanarse, habitar, educarse y tener acceso a la cultura.  Lo extraordinario es que todo esto aún es posible aquí, con “sólo” organizar, a bajo costo, cientos de pequeñas comunidades rurales capaces de autogestionarse, abastecerse y contener a las personas que, de otro modo, seguirán hacinándose en las periferias urbanas.

No vemos salidas para el actual estado de cosas que no impliquen movilizar la consciencia que se haya podido despertar.  Sólo cabe entender la tan remanida solidaridad como una relación con alguien que se convierte en sujeto de su propia vida y no un mero receptor de periódicos donativos que a duras penas alivian cierto sentimiento de culpa en quien los entrega.  Porfiar en el asistencialismo no hace otra cosa que desviar energías hacia los síntomas, cada vez más incontrolables, y descuidar las causas profundas de lo que ocurre.

No nos quedemos en el deseo ingenuo de que “todo va a mejorar”.  Cada instante se hace más imprescindible nuestra propia respuesta.

 

 

Alejandro Alvarez

 

 

 

 

 

INSTANTE

 

 

Desde las clepsidras

a las computadoras,

sólo ha transcurrido

un instante de inteligencia.

 

Danilo Doyharzábal

de Orfandad de las brújulas, 1998

 

 

 

 

INTERNET

 

 

No renuncio a entrar a la red
y ser un punto virtual
entre millones de puntos virtuales
de todo el universo.  Acepto el juego.

 

A lo que me opongo es a renunciar
a la caricia, a la palmada en el hombro
y, sobre todo, a prescindir
del antiguo saludo del sol,
los dedos de la lluvia
meciendo mi escasa cabellera.

 

Adhiero a la ilusión,
pero aspiro a la necesidad
de que el hombre

se conmueva por el hombre.

 

 

Antonio Aliberti

argentino (1930-2000)

en Sensibles del Sur Nº 58

 

 

 

 

 

LA DICTADURA DE LA ALEGRIA

 

 

Los medios masivos de comunicación —especialmente la TV— nos bombardean a diario con abundantes consignas de sabor light que, amparadas en un optimismo insustancial que exige tener “buena onda”, sólo sirven para apuntalar el imperio del facilismo, la estupidez y el éxito individual a cualquier precio.  ¿Para qué estudiar, si desafinando gansadas se puede ser famoso?  ¿Para qué dedicarse al arte o a la investigación científica, si manejando a los gritos un vocabulario compuesto por sólo una docena de palabras se puede ser un exitoso conductor televisivo?  ¿Para qué buscar la excelencia, si alcanza con dejarse humillar alegremente delante de una cámara para ganarse una 4x4?  ¿Para qué preocuparse solidariamente por el prójimo, si es más entretenido tomarle el pelo frente a millones de espectadores?  Lo importante —nos venden como verdad única y suprema— es pasarla bien; el resto no cuenta.  Nada se toma en serio; lo que no es divertido no sirve.  Reflexionar, ser profundo, intentar romper el monopolio de la trivialidad, está mal visto, es cosa de “mala onda” y eso, para este fundamentalismo pasatista que se ha instalado en la Argentina, constituye un pecado imperdonable.  (Piénsese, sino, que el principal debate previo a las últimas elecciones presidenciales tuvo como eje si uno de los candidatos era aburrido o no).

Todo totalitarismo —y esta tiranía mediática lo es— tiene la aspiración de imponer una determinada interpretación de la realidad como única verdad posible; por lo tanto, busca desarticular todas aquellas visiones del mundo que puedan cuestionar sus dogmas.  Por ende, todo individuo que se empeñe en atentar contra esta ilusión de uniformidad ideológica es considerado un enemigo del sistema.  Sin embargo, en esta dictadura de la alegría —salvo deshonrosas excepciones— a nadie se le ocurriría apelar a la alternativa de eliminar a los ideólogos del disenso.  ¿Para qué, si el recurso propagandístico demostró ser mucho más eficaz y, encima, menos cruento?  Lo que pasa es que se ha reemplazado la figura del cuco por la del hazmerreír.  En otras épocas, se descalificaba al portador del disenso endilgándole rótulos de temibles resonancias que, si bien lograban su propósito de “espantar a la burguesía”, al menos le reconocían una entidad, una peligrosidad potencial; así, los “enemigos” del sistema eran terroristas, subversivos.  Ahora, en cambio, quienes apuestan a encarar la vida de otra forma distinta a la “oficial” son tildados de densos, aburridos o amargos, y se los ridiculiza en forma cada vez más cínica y explícita.  Adviértase la notable eficacia de esta posmoderna vuelta de tuerca, porque ¿qué peligro puede encerrar un enemigo que en vez de miedo inspira burla?  ¿Cuántas adhesiones puede recoger un aguafiestas?  El que disiente, el disconforme, queda así colocado en una situación más que incómoda.  En el reinado del marketing, donde todo pasa por seducir a la opinión pública, nadie quiere jugar el rol del antipático.  ¿Qué otra razón, sino, lleva a que el público devuelva con una sonrisa beatífica el bochorno al que, cámaras ocultas mediante, se lo expone en nombre de la Gran Diversión Nacional?  ¿Qué otra razón, sino, mueve a los personajes de la farándula y la política a soportar estoicamente y sin chistar las chanzas de noteros que la van de “transgresores”?  Nadie quiere pasar públicamente por amargo.  Hay que exhibirse piola, vivo, zafado, despreocupado.  Y si uno no lo es, habrá que fingir, habrá que posar.  Ignotos y famosos por igual juegan, entonces, a mostrar sólo la faceta de la realidad —y de sí mismos— que los dictadores de la alegría quieren que se vea.

El problema, claro, no está en el humor, ni en la risa, ni en la legítima aspiración humana de pasarla lo mejor posible sobre esta tierra (muy lejos se hallan estas líneas de pretender transformarse en un deplorable alegato contra la diversión o en una indefendible apología de la solemnidad).  El problema es que la dictadura de la alegría se ríe de todo.  El problema es que la dictadura de la alegría no trabaja para eliminar las fuentes de la angustia, sino para disimular sus manifestaciones.  Si el barco se está hundiendo, que no se note.  Pum para arriba, y que siga la fiesta virtual.

No tiene nada de malo cantar que “la vida es un carnaval”.  Lo erróneo, lo egoísta, lo suicida, es la irresponsable ligereza de creérselo al pie de la letra.

 

Alfredo Raúl Di Bernardo

 

 

 

 

 

LOS PRISIONEROS (2ª parte)

 

 

En la burbuja del poder.  En el océano de los que necesitan, las islas de los que más tienen tienden a convertirse en lujosos campos de concentración, donde los poderosos sólo se encuentran con los poderosos y nunca pueden olvidar, ni por un ratito, que son poderosos.  En algunas de las grandes ciudades latinoamericanas, donde los secuestros se han hecho costumbre, los niños ricos crecen encerrados dentro de la burbuja del miedo.  Habitan mansiones amuralladas, grandes casas o grupos de casas rodeadas de cercos electrificados y guardias armados, y están día y noche vigilados por los guardaespaldas y por las cámaras de los circuitos cerrados de televisión.  Viajan, como el dinero, en autos blindados.  No conocen, más que de vista, la ciudad donde viven. Descubren el subterráneo en París o en Nueva York, pero jamás lo usan en San Pablo o en la ciudad de México.  Ellos no viven en la ciudad donde viven.  Tienen prohibido ese vasto infierno que acecha su minúsculo cielo privado.  Más allá de las fronteras del privilegio, se extiende una región del terror donde la gente es mucha, fea, sucia y peligrosa.  En plena era de la globalización, los niños ricos no pertenecen a ningún lugar.  Crecen sin raíces, despojados de identidad nacional, y sin más sentido social que la certeza de que la realidad es una amenaza.  Tienen por patria las marcas de prestigio universal y por lenguaje los códigos internacionales.  Los niños ricos de las ciudades más diversas se parecen en sus costumbres, tanto como entre sí se parecen los shopping centers y los aeropuertos, que están fuera del tiempo y del espacio.  Educados en la realidad virtual, los niños ricos se deseducan en la ignorancia de la realidad real, que sólo existe para ser temida o para ser comprada.  Desde que nacen, son entrenados para el consumo y para la fugacidad, y transcurren la infancia comprobando que las máquinas son más dignas de confianza que las personas.  Fast food, fast cars, fast life:  mientras esperan que llegue la hora del ritual de iniciación, cuando el primer Jaguar o Mercedes les sea regalado, ellos ya se lanzan a toda velocidad a las autopistas cibernéticas, a toda velocidad compiten en las pantallas electrónicas y a toda velocidad devoran imágenes y mercancías haciendo zapping y haciendo shopping.

La pobreza como delito.  Muchos antes de que los niños ricos dejen de ser niños y descubran las drogas caras que aturden la soledad y enmascaran el miedo, ya los niños pobres están aspirando pegamento.  Mientras los niños ricos juegan a la guerra con balas de rayos láser, ya las balas de plomo acribillan a los niños de la calle.  Algunos expertos llaman “niños de escasos recursos” a los que disputan la basura con los buitres en los suburbios de las ciudades.  Según las estadísticas, hay setenta millones de niños en estado de pobreza absoluta, y cada vez hay más, en esta América Latina que fabrica pobres y prohíbe la pobreza.  Entre todos los rehenes del sistema, ellos son los que peor la pasan.  La sociedad los exprime, los vigila, los castiga, a veces los mata:  casi nunca los escucha, jamás los comprende.  Nacen con las raíces al aire.  Muchos de ellos son hijos de familias campesinas, que han sido brutalmente arrancadas de la tierra y se han desintegrado en la ciudad.  Entre la cuna y la sepultura, el hambre o las balas abrevian el viaje.  De cada dos niños pobres, uno trabaja, deslomándose a cambio de la comida o poco más:  vende chucherías en las calles, es la mano de obra gratuita de los talleres y las cantinas familiares, es la mano de obra más barata de las industrias de exportación, que fabrican zapatillas o camisas para las grandes tiendas del mundo.  ¿Y el otro?  De cada dos niños pobres, uno sobra.  El mercado no lo necesita.  No es rentable, ni lo será jamás.  Y quien no es rentable, ya se sabe, no tiene derecho a la existencia.  El mismo sistema productivo que desprecia a los viejos, expulsa a los niños.  Los expulsa, y les teme.  Desde el punto de vista del sistema, la vejez es un fracaso, pero la infancia es un peligro.

En muchos países latinoamericanos, la hegemonía del mercado está rompiendo los lazos de solidaridad y está haciendo trizas el tejido social comunitario.  ¿Qué destino tienen los dueños de nada en países donde el derecho de propiedad se está convirtiendo en el único derecho sagrado?  Los niños pobres son los que más ferozmente sufren la contradicción entre una cultura que manda consumir y una realidad que lo prohíbe.  El hambre los obliga a robar o a prostituirse; pero también los obliga la sociedad de consumo, que los insulta ofreciendo lo que niega.  Y ellos se vengan lanzándose al asalto.  En las calles de las grandes ciudades, se forman bandas de desesperados unidos por la muerte que acecha.  Según la organización Human Rights Watch, los grupos parapoliciales matan seis niños por día en Colombia y cuatro por día en Brasil.  ¿Y ellas?  Hay medio millón de niñas brasileñas que venden el cuerpo, casi tantas como en la India, y en la República Dominicana la próspera industria del turismo ofrece subastas de niñas vírgenes.

El pánico y sus trampas.  Entre una punta y la otra, el medio.  Entre los que viven prisioneros del desamparo y los que viven prisioneros de la opulencia, están los niños que tienen bastante más que nada, pero mucho menos que todo.  Cada vez son menos libres los niños de clase media.  Les confisca la libertad, día tras día, la sociedad que sacraliza el orden mientras genera el desorden.  En estos tiempos de inestabilidad social, cuando se concentra la riqueza y la pobreza se difunde a ritmo implacable, ¿quién no siente que el piso cruje bajo los pies?  La clase media vive en estado de impostura, simulando tener más que lo que tiene, pero nunca le ha resultado tan difícil cumplir con esta abnegada tradición. Está, hoy por hoy, paralizada por el pánico:  el pánico de perder el trabajo, el auto, la casa, las cosas, y el pánico de no llegar a tener lo que se debe tener para llegar a ser. Nadie podrá reprocharle mala conducta.  La sufrida clase media sigue creyendo en la experiencia como aprendizaje de la obediencia, y con frecuencia defiende todavía al orden establecido como si fuera su dueña, aunque no es más que una inquilina del orden, más que nunca agobiada por el precio del alquiler y el pánico al desalojo.

En el pánico, pánico de vivir, pánico de caer, cría a sus hijos.  Atrapados en las trampas del pánico, los niños de clase media están cada vez más condenados a la humillación del encierro perpetuo.  En la ciudad del futuro, que ya está siendo presente, los teleniños, vigilados por niñeras electrónicas, contemplarán la calle desde el balcón o la ventana: la calle prohibida por la violencia, o por el pánico a la violencia; la calle donde ocurre el siempre peligroso, y a veces prodigioso, espectáculo de la vida.

 

Eduardo Galeano

en Brecha Nº 557, Montevideo, ROU, 2/8/1996

 

 

 

 

 

 

 

GLOBALIZACION
 

 

Esto de la globalización tiene también
su costado positivo.  El mundo se ha
llenado de góndolas y estanterías,
atiborradas de cosas, de índole diversa
y dudosa utilidad, que nos proporcionan
la posibilidad de una alegría:  la alegría
de no necesitarlas.

 

 

 

 

 

 

GLOBALIZACION II

 

 

Esto de la globalización es un naufragio

que va a poblar de mártires la tierra.

 

Pero cada vez hay más sobrevivientes

con ojos luminosos y grandiosas alas.

 

 

 

Guillermo Heredia

de El Albatros, inédito

 

 

 

 

  

 Canciones del Viajero:

 

LOS TRES DESEOS DE SIEMPRE

 

 

Porque era indispensable soñar, porque aquellos sueños eran compartidos y muchas veces alcanzados, nos resistimos a que sólo quede la costumbre de pedir tres deseos cuando vemos una estrella fugaz.

 

 

Una estrella fugaz / cayó en el jardín, / pero su luz se apagó / ay ay ay de mí, / pero su luz se apagó / ay ay ay de tí.

 

Todos pidieron deseos / sinceros, / todos pidieron deseos / enteros, / todos a ella aferraron / ideas, / pero su luz se apagó / ay ay ay si si.

 

Ciertas noches en que suele / surcar el cielo una estrella, / no le dan vista al asombro / aquellos hombres que en suerte, / prefieren sombras hostiles / a una luz incandescente.

 

Y en el murmullo del alma / donde se mezclan las horas, / hablan los sueños callados, / quieren andar el presente / y en la costumbre se vuelven / los tres deseos de siempre.

 

Una estrella fugaz...

todos pidieron deseos...

 

y en lo fugaz de la vida / y en el calor del silencio, / baila triste la leyenda / que el pueblo comenta riendo: / “una estrella fugaz cayó en el jardín”

 

 

Carlos Aguirre

del disco Carlos Aguirre Grupo, 2000

 

 

 

 

 

 

(AFORISMOS PARA HOY)

 

 

La queja es una acción cuya finalidad es evitar la acción.

 

El “hecho consumado” es la cara simétrica y pasiva de un activo “consumo de hechos”.

 

Hemos opinado sobre todo y todos.  Y todo sigue estando ahí, quieto, insistiendo en lo peor.  Pero, eso sí, hemos constatado nuevamente la misma cosa:  las opiniones son como el culo, todos tenemos.

 

La opinión en el mundo actual no es un vehículo democrático.  Se recaba, se compulsa la opinión (pública por lo cuantitativa) para que la gente se exprese.  Así, de “expresión” en “expresión”, cero en participación.  Esto indica que la opinión antes de ser democrática es “mediática”.

 

El hombre es el único animal capaz de hacer promesas.  Pero una promesa es la obligación de cumplirla.  Por eso el hombre es el único animal, a la vez, capaz de prometer hacer daño.  Y esto no es una promesa.

 

La disculpa (en cuanto impunidad institucional) es un acto doble e innoble, pues desrresponsabiliza y naturaliza la culpa.

 

El neoliberalismo no trata de reducir o achicar el estado, del cual ha vivido a rabiar, sino que impulsa una metáfora mucho más peligrosa:  desea que el estado y la sociedad se vuelvan impensables, para que el mercado sea el único pensamiento verdadero.

El neoliberalismo achicó tanto el estado y su capacidad de representación, que los “representantes del pueblo” se han ceñido a la representación de sus estados... de ánimo.

 

Se habla frescamente de “libre competencia”, “libre mercado”, etc., como si en la competencia mercantil se jugara alguna libertad.

 

 

Juan Carlos De Brasi

en Las 2001 noches Nº 3

 

 

 

 

 

ECONSCIENCIA

 

 

Necesitamos traducir nuestra consciencia ecológica en una práctica cotidiana. Hay muchos cambios simples que podemos realizar en nuestro estilo de vida para asumir la parte de responsabilidad que nos toca, sin importar la edad que tengamos.  Todos y cada uno de nosotros podemos gestar, desde lo más simple y pequeño, un futuro diferente para nuestra especie y nuestro planeta.

 

. No consumir pirotecnia:  Aunque la pirotecnia pueda resultar divertida para algunas personas, implica riesgos inaceptables para el medio ambiente en su elaboración, comercialización y consumo.  No sólo suele producir sordera, quemaduras y amputaciones, muchas de ellas sufridas por chicos, con un alto costo en Salud, sino que, además, aterroriza a los animales.  Muchos veterinarios aconsejan suministrar sedantes a las mascotas, gasto que podría eliminarse con sólo prescindir de algo realmente tan estúpido como la pirotecnia.

 

. Boicotear los regalos que funcionen con pilas y baterías:  La energía que se gasta para fabricar una pila es 50 veces mayor que la energía que se obtiene con ella; en el caso de los juguetes y las tarjetas musicales, se trata además de un desperdicio de recursos en bienes que no son esenciales. Las pilas contienen sustancias tóxicas y peligrosas, incluyendo cadmio y mercurio, que pueden liberarse al medio ambiente.  Incluso las pilas “más verdes” pueden contener zinc, carbono, cloruro mercúrico y manganeso alcalino.

 

. Defender y aumentar la forestación urbana:  Los árboles son imprescindibles en la ciudad porque, además de dar belleza, atenúan las altas temperaturas estivales, con el consiguiente ahorro energético; frenan los vientos y sus consecuencias dañosas; reducen los efectos de la contaminación acústica; actúan como filtro natural absorbiendo sustancias químicas nocivas en suspensión; retienen mucha humedad, lo que disminuye los anegamientos por lluvia y, en general, aportan a un mejor estado psicofísico de los habitantes.  Es necesario impedir la poda, que sólo puede justificarse en caso de enfermedad o peligro grave, y con intervención de la autoridad municipal.  Además, hay que propiciar la plantación de muchos más árboles en todos los lugares donde sea posible, y sobre todo procurando que se trate de especies autóctonas, cuya capacidad de adaptación al medio es sensiblemente mayor, proporcionando alimento para las aves nativas y conservando la identidad propia de la región.

 

Muchas transformaciones necesarias en la Humanidad jamás se producen porque cada uno está convencido de que su aporte es insignificante.  Si fuéramos revirtiendo esta miopía colectiva, ¿cuántas cosas podrían ser distintas?.

 

 

 

 

 

TIERRA

 

 

Desandando tus manifestaciones

camino, tierra, recorriendo tu vientre...

Me arrodillo sobre tu rostro de fertilidades esparcidas,

porque quiero que me consagres y bendigas

en el sacerdocio que es describir

tu flor eterna.

 

Es esa misión, por su cumplimiento,

recorro átomo a átomo

tu cuerpo circunvecino a mi realidad

tratando de interpretarte

y hacer que todos mis hermanos sepan

qué conllevas;

cuál es tu verdadero matrimonio:

ese que ejerces y por el cual nos haces existir.

 

Para eso voy y vengo

siempre convalesciente de mil búsquedas

que llevan tu signo y tu sentido

con diferentes denominaciones.

 

Reconozco un solo templo, un solo dios.

Sólo tú puedes ser eso para mí.