Milita Molina
El
Chiste Suyo
Viene
uno como dormido
cuando
vuelve del desierto.
Hace muchos años, en la ciudad
donde yo nací, se hizo popular un chiste. Aquí, el presente, Buenos Aires: lo
recuerdo como el tristemente famoso chiste largo de los argentinos, ese que
"hace perder la paciencia e impone siempre hablar de otra cosa, esa segunda
que se condensa porque resultó interminable la primera". Es Osvaldo
Lamborghini el que habla.
Era la hora de la siesta en
Santa Fe. La pesantez cotidiana había sido interrumpida por un hecho casi patriótico.
En una carrera de Fórmula Uno internacional participaba, por primera vez, un
piloto santafecino. El lugar: Mónaco. La competencia se transmitiría por la
radio, —desde Santa Fe— y el comentarista nos tenía a todos en vilo. Había
logrado —esto es rápido— crear ese repugnante clima de formamos todos una
gran familia (la que le gusta el fideo, como dijo el carectópata Lamborghini,
algo asustado con la revelación). Todos manifestábamos nuestra preferencia por
el género sentimental; aquello de si yo fuera y si él ganara, te juro no se lo
que le haría. (Es la pasión.) La carrera estaba por comenzar y el piloto
santafecino estaba en línea con el comentarista local. (¡Argentina! ¡Argentina!)
Comentarista (en nombre de todos): ¿cómo van las cosas por ahí?
Piloto santafecino
(profesionalismo puro): Acá andamos un poco preocupados, está lloviendo y la
carrera se puede complicar... Comentarista (ido de boca, es la pasión): Si es
por eso no se preo- cupen. Acá en Santa Fe también llueve, se ve que es
general la cosa.
Silencio. ¡Es general la
cosa!: no se preocupen. Como se ve "el chiste es largo, o tal vez nunca
hubo uno tan breve como el de llamarle chiste a lo que impone cambiar la
eternidad, estilos". Es Osvaldo Lamborghini el que habla. "Era su
chiste el mayor del mundo: aquí el presente, Buenos Aires". Es general la
cosa, decadencia y miseria, la recta tristeza. "Y sin embargo, no nos
quejamos demasiado; ni siquiera nos quejamos; consideramos que nuestra máxima
virtud es cierta astucia práctica, que en verdad nos es sumamente
indispensable, y con esa sonriente astucia solemos consolarnos de todo, aún
cuando alguna vez sintiéramos —lo que no ocurre nunca— la nostalgia de la
felicidad que tal vez la música produce". ¿Alguien se atrevería a reírse?
o, también a nosotros, como al pueblo de los ratones, "la risa se nos
acaba cuando vemos a Josefina". Es Kafka.
Por aquí, en la Llanura de los
chistes —como un fanático de la verdad razonó a la Argentina— se suelen
escuchar risas, risas moderadas, risitas de melancólicos, de gentes casi,
partidarios acérrimos de aquello de evitar desgracias y no pasar a mayores. ¡Es
general la cosa! —se prefiere— y si no nos cansamos de publicar a Osvaldo
Lamborghini es porque a las lecciones de civismo, en sus complicadas versiones,
—pero sea cual fuera la versión— opuso la tragedia alegre, la tragedia que
no busca curarse con un purgante: que desconoce el remedio (la catarsis) y no
quiere asfixiarse de piedad. Un perfecto y deslumbrante trágico que rehusó
puntual la piedad cívica de los hombres cada día más buenos y mejores que
nutren las buenas maneras del rebaño.
Vislumbramos que el pensamiento
es el desastre y pese a que sabemos de las perversas mañas con que el
"hombre teórico" ha menguado la alegría de lo trágico nos sumamos a
aquella vieja primera muerte: el triunfo del civismo de Eurípides, el de Sócrates
que quiso acostumbrar a los griegos al hábito de oponer la idea a la vida.
Triste cosa esto de habernos habituado a justificar la vida, como, si en ella
algo efectiva y profundamente injusto nos comprometiera a la expiación, a la
redención, al sacrificio. Una larga martiro- logía. Una pesada marcha de apóstoles
que, por aquí, o por allá, pero en algún lado, en alguna cosa, en algún
tiempo, se hincan de rodillas para pedir perdón a un Dios que inventó el
Infierno para castigar a los que no lo amaban. No hay mejores y peores versiones
del nihilismo; su fuerza reactiva, al servicio del debilitamiento del querer, ha
producido siempre lo mismo: un hombre que no está a la altura de las
circunstancias. La culpa de los padres —que goza de tanto prestigio—, la
culpa que es tuya y quieres hacer pasar como mía, complicadísima madeja de
hombres rebajados, esclavizados, debilitados en la posibilidad de que tal vez,
yo si quiero... yo puedo, con el otro. Mayúsculo o minúsculo, mi amigo o la
ley, alteridad mendiga y altamente promovida hasta el punto de que se tiene la
triste impresión de que sólo podemos pensar en términos de antinomias,
reconciliaciones, superaciones. El pensamiento dialéctico —Hegel, para
nombrarlo— nos ha rebajado hasta el punto de reducirnos a un momento de la lógica,
para decirlo con maneras filosóficas, o en términos irrelevantes para la
filosofía pero no para la estética: dar la propia sangre, agradeciendo,
siempre agradeciendo, y al fin vernos recompensados con un honorable bordado en
el pecho: SE JUSTO. Si pensamos que la vida es injusta o que debemos devolver
algo de nuestra naturaleza a la Naturaleza (Pascal creía así), el pensamiento
desespera atado al poste de una vida de la Idea más cierta que la vida. Todos
los días dejamos que alguna de estas patrañas nos ocupen la vida. Vivimos como
en la Colonia Penitenciaria, allí donde la línea dura del devenir cumple con
su quehacer de crear segmentos duros, allí donde los hombres superfluos dejan
que el frío monstruo del Estado se caliente al calor de sus buenas conciencias.
Una
política afanosa, apenada, de apariencia inofensiva sigilosa, una política
alimentada en la desesperación del pensamiento, que sin complejos se dice débil,
es decir reactivo y reaccionario, pretende amedrentarnos con aquello de que el
desierto está creciendo por culpa de que ese pensamiento, el pensamiento dialéctico
no está, hoy, a la altura de la responsabilidad que le fuera conferida en
nombre del Espíritu Absoluto. Esto es crucial y vergonzoso: desear que el
pensamiento —que encuentra el grado más alto de pasión en su propia ruina—
resulte siempre un éxito de público. Recusar la ruina del pensamiento es
decirle no a ese otro pensamiento, desconsiderado y sin miramientos, que vive de
querer descubrir aquello que él mismo no puede pensar. Pero si las cosas se
miran desde la perspectiva exitosa, si la ruina del pensamiento se entiende como
la ruina de un negocio, el pensamiento no puede menos que echarse a temblar cada
vez que lo sorprende lo desconocido. Es así que vivimos como hombres demás,
como reflejo del estado de las cosas.
No basta diagnosticar con más
o menos gracia, ingenio o meticulosidad la pérdida de sentido de los valores
porque sólo los esclavos ignoran (¡si serán de cómodos!) que el valor es el
valorar, el perspectivar, el estar a tiempo en el lugar preciso, la pura
oportunidad y la nada de oportunismo. Los que se apenan con la pérdida del
sentido de los valores son amantes de los valores prestados, de lo que tiene
sentido para otros. La lógica mendiga que reposa en la Garantía y en la
Autoridad siempre nos dejará poco a tono; como la famosa deuda impaga que no se
puede pagar porque quien debe no está a la altura del deudor. Los que se apenan
por la pérdida de los valores no pueden llevar adelante una verdadera genealogía
de los valores; hombres ausentes de sí, ausentes del instante y del
acontecimiento, que siempre hablan del futuro de la revolución, del futuro de
la mujer, del futuro de las minorías. Y mientras hablan del futuro de la
revolución siguen usando la misma lengua del Estado, la misma lengua del poder:
burócratas apoltronados en la Casa del Lenguaje. Los espíritus pesados y
graves, aquellos que, si hablamos moralmente resultan probos, y, si hablamos
inmoralmente, son espíritus que gustan de hacerse más tontos de lo que son,
esos espíritus parlamentarios para quienes la igualdad no ocurre entre iguales,
son los mismos que (no saben porqué) no gustan del tartamudeo: la lengua de la
literatura revolucionaria. La literatura revolucionaria devenir político-revolucionario
y no futuro de la revolución. Agenciamiento y apropiación del devenir
revolucionario que no espera que, gracias a los cuidados, el Espíritu al fin
florezca. La literatura que hace política vuelve inútil toda literatura política.
No se trata de agenciarse de un tema o representación de la politiquería del demimonde.
El escritor político es aquel que no se instala en ninguna línea de fuga sino
que la crea, el que nunca se dice de vanguardia sino a condición de establecer
con la historia una relación tan justiciera como ésta: "Después del 24
de marzo de 1976, ocurrió. Ocurrió como en El Fiord. Ocurrió. Pero ya había
ocurrido en pleno Fiord. El 24 de marzo de 1976, yo, que era loco, homosexual,
marxista, drogadicto y alcohólico, me volví loco, homosexual, marxista,
drogadicto y alcohólico". (Osvaldo Lamborghini).
Cuando Cesar Aira dice que
Lamborghini volvió inútil toda la literatura política del setenta dice también
que tanto la versión "estetizar la política" como la que supone
contraria, "la estética es la estética y la política es la política",
usan para la literatura la lógica del pensamiento negativo, culposo, siempre
listo a devorar el Para hacer una literatura política que afirme el continuo
vida-literatura es necesario crear una lengua propia, una lengua robada al
"lenguaje que habla el lenguaje de los hombres" tal como, con las
maneras de un "cristiano pérfido", describiera Kant el lenguaje de su
gris y cívica Humanidad. Sólo en ese lenguaje fabulosamente abstracto se puede
equiparar el desierto que crece con la deforestación de bosques y el fin de la
historia con la extinción de las especies. Todas las versiones del nihilismo
son penosas. Las actuales también. Desde un sociólogo que pasa por Buenos
Aires reclamando ¡un mundólogo! hasta ilustres autores franceses estableciendo
las correspondencias ecológicas. ¡Es demasiado! El asno y su carga confundidos
en el espejismo de que es real y positivo todo lo que pesa, todo lo que reduce,
todo lo que esclaviza. (No se preocupen: es general la cosa). ¿Hora nuestra la
noche?
Existen versiones más
refinadas del pesimismo. George Steiner, por ejemplo, que nos encanta con
aquello de que "Nosotros vinimos después". Y nos gusta. Como viejas
madres, como hijos culposos, nuestra época vive "Chota bajo el peral"
—como diría Lamborghini—, engrosando la expedición perpetua a la tumba del
más desgraciado de los hombres: el hombre del pensamiento vuelto contra sí,
contra el otro. ¡Alma que mira de reojo, que entiende de no olvidar, de
aguardar, de empequeñecerse y humillarse! Nosotros no vinimos después, ni
estamos lanzando al mayor de los pecados, el pecado de no querer: la melancolía.
¿Por qué José Hernández se
convirtió en un fanático de Hegel, por qué "el arte es cosa del
pasado" (tubo, tuvo) que decir?. Así lo cagó todo —los nos otros— nos
tuvo, como por la ley del embudo, como por un tubo, queriéndolo o no nos tuvo:
pero nos tuvo que recontra, cagar. Y vamos, dilo, di: (Osvaldo Lamborghini).
II
La literatura debe ser una
marea de amor. La expresión es de un melancólico discípulo de Lamborghini que
suele siempre tener razón. El Maestro hacía su literatura con amor y no porque
sus personajes fueran precisamente amables, encantadores y elegantes, o
cualquier rasgo donde el escritor puede mostrar la hilacha de sus preferencias
personales por los virtuosos. El Maestro —como quien dice el sabio blanco y el
sabio negro— no escribió nunca con resentimiento. Salía a cubrir de amor
—como una marea— a los característicos más deleznables de nuestras pampas,
es decir a todos los que creen que los giles son los otros, que los buenos son
los otros, que los malos son los otros, que la basura son los otros. Y el
escritor, ahí, justo a tiempo para distinguir la piedad del amor, para subrayar
que la condición del amor es terminar con la piedad.
Nuestra literatura -como otras-
es incurablemente intelectual, ideológica e idealista, esencialmente crítica,
crítica de la vida más que creadora de vida. Vive de la lógica asilar de
juzgar y ser juzgado. (Aquello de ¡YA HABLAREMOS!). Es una literatura de
hombres que desprecian la vida, que andan con la cabeza gacha mirándose la
punta de sus zapatos buscando conocerse a si mismos. Una larga y pesarosa
tradición que comprende la lógica de la causa y el efecto como la lógica del
castigo. ¿Será él?... o, acaso: ¿Seré yo?. Una literatura que al no afirmar
la existencia como justa propone una existencia siempre antes o siempre después,
profundamente desvanecida, inactual, triste. Si Lamborghini es uno de los trágicos
alegres que soñara Nietzsche es porque en su obra la existencia justifica todo
lo que afirma —incluyendo el sufrimiento— con un humor tan jubiloso como esa
carcajada involuntaria unida al escalofrío político que Deleuze reserva a los
genios, estén donde estén, creando sus propias líneas de fuga, sin instalarse
como parásitos histéricos sobre las líneas creadas por otros. Histeria sin
tragedia, pensaba Lamborghini de cierta literatura argentina.
La tarea del trágico alegre se
hace con un amor que —de entrada— deja afuera toda redención, toda expiación,
personal o colectiva. Para esa tarea se requieren hombres presentes: pura
afirmatividad, puro agenciamiento, estar donde las palabras se desgastan como el
billete que va de mano en mano, ejecutar el salto preciso en su lugar (nada de
recuerdo o esperanza), puro estar a tiempo. Para el caso, Osvaldo Lamborghini
decía "primero publicar, después escribir", o "publicar mucho,
escribir poco, como si entender fuera un suicidio". Publicando anduvo
Osvaldo fruto común de la culpa tuya y mía : la responsabilidad. Sin embargo,
y por suerte, la literatura es opcional.
Lamborghini cualquier cosa. Es
decir: todo. Literatura política, dispositivo de enunciación colectiva, sin
hacerle asco a nada. La literatura política es una literatura que no tiene
finalidad en sí misma pero precisamente porque la vida no es algo personal.
Nada personal con Osvaldo Lamborghini: la literatura llevando la vida a un
estado de fuerza no personal. El continuo vida-literatura como política. ¡Nada
de Programas! ¡Nada de Manifiestos! Puro agenciamiento, puro
"alzarse" con la literatura argentina, como quien se alza con un botín,
festejo esplendente del querer de las palabras. Nada de querer decir.
Simplemente que las palabras quieran. Nada de parodia, esa infame noción
reactiva, compañera de ideas funestas como la vida engendrándose siempre en
otro. Disculpen los lectores cultos que intervengamos, pero se avecinan tiempos
de estolidez donde sólo hablarán los patanes. Parodia; "venir después":
todo lo mismo. ¡Andar husmeando en Lamborghini la parodia del sentimentalismo
de Boedo!. Es una lástima. El sentimiento de Lamborghini no supera nada. No se
deja negociar, Osvaldo Lamborghini, pero el plumero está escondido también en
la eternidad y algunos, durmiendo, de buena fe, prefieren recordarlo como
escritor de ruptura. Nada de rupturas, ¡Tampoco! ¡Todo lo contrario!: afirmar,
afirmar todo lo que se puede afirmar de la literatura —y no sólo de la de
antes— para hacer siempre otra cosa, aún con la propia literatura. La
literatura como máquina de desviar las buenas intenciones.
Pero el chiste es largo y esto
viene durando mucho, y es hora de entrar en materia, porque "explicar se
parece a confesarse sistemáticamente, en un doble sentido: cada vez que la
Iglesia lo prescribe, y también a esa manera de referirse a alguien diciendo
que hace las cosas por sistema". (Osvaldo Lamborghini).
III
"El hombre que nace culón,
el hombre que nace nalgudo, arrastra ambos motes a la vez: culón, nalgudo. La
gente tiene preocupaciones graves como para entrar en estas diferenciaciones
aparentemente sutiles. También los literatos las tenemos, pero, es nuestro
oficio: nos gustó meternos con eso de las palabras y ahora sobran las quejas:
diferenciar el sentido de culón respecto al de nalgudo, de pronto (cuando
nosotros también quisiéramos opinar sobre el hombre en general) se convierte
en nuestra preocupación ineludible y más urgente" (La Causa Justa.
Osvaldo Lamborghini).
Con malicia criolla un héroe
trágico ha venido al mundo: Nal, el culón, el gordo puto, la olla popular del
regimiento y todas las demás toxinas que se le pueden adherir a quien nació
para el sufrimiento perpetuo. Y, como para Lamborghini el sufrimiento no
justifica la vida, Nal no sufrirá poquito, casi, o más o menos, o esto o
aquello, sufrirá hasta que lo insoportable del sufrimiento trasmute. Nal, que
se pasó la vida mirando para atrás, pidiendo clemencia al nalgueador
compulsivo, responsabilizando al Sabio Loco de haberle agregado "una parte
de más" sale de su vidita cuando —él se la buscó— "le rompen el
culo".
En la gran Empresa Argentina,
—la que miramos "como pidiéndole amparo"— ocurre como en la
empresa en que trabaja Nal, pero no nos quejamos, nos salva la piolada, la
astucia práctica. Los giles son los otros. Es cierto que Lamborghini aclara que
de todos los "boludos incansables de la empresa Nal se lleva las
palmas". Sin embargo, no es Nal el único masoquista. "Hasta el psicólogo
de la empresa manifestó, al redactar su informe, que el arquero Nal adoptó una
posición masoquista. Dto. de Relaciones Humanas. Dijo que ponía el culo por
todos, metafóricamente hablando. Lo echaron. Indignado, el gerente general no
se comió las palabras: Aquí estamos todos para poner el culo". Silencio.
El viejo chiste: Aquí el presente: Buenos Aires, es general la cosa. ¿Alguien
se atrevería a reírse?
No hay ningún secreto
profesional en la contundencia de Osvaldo Lamborghini: alguien que no calcula el
riesgo de las palabras o, para decirlo de otro modo: la expresa renuncia a toda
literatura crítica, en función de una crítica de los valores: una genea- logía
de las palabras, buscada en esa jerarquía que designa no solo la superioridad
de las fuerzas activas, sino también la adherencia contaminante de las fuerzas
reactivas: un mundo donde los débiles han vencido. Si Lamborghini no tenía
problemas en encontrar la palabra justa es porque toda palabra lo era, toda
palabra era una ocurrencia de sí misma y ninguna buscaba echar luz sobre la
otra. Nada que ver con el simbolismo, y con el símbolo, menos. Que las palabras
quieran es hacerlas llegar hasta allí, donde se acaba la milonga de cualquier
evangelio, donde las palabras cumplen sin metáfora.
"Ah, no. Yo ahora agarro y
me vuelvo loco", decía a sus adentros el héroe trágico —niño cojo—
de Matinales. No daba para más: había visto el cadáver del padre, y el
diablo, en el colmo de su desgracia, lo había insultado sin piedad. (Le dijo
guacho repugnante). Como con Nal, nada de míseras lástimas que impidan que el
niño cojo llegue al extremo del sufrimiento, hasta ese momento en que solo cabe
la transmutación: Nal transformado en mariquita, el niño cojo volviéndose
loco.
"¿Pero cómo volverse
loco? Decirlo era una cosa, y otra. ¡Hacerlo! —a que tanto dudar— rápido.
Probó clavándose un dedo en la oreja. No sintió nada. O dolor, pero no hálito
loco. (Voy a esperar un poco, meditó, quizás son largueros los efectos, como
cuando de la mañana a la tarde me volví rengo). Loco." (Matinales).
Mucho, muchísimo más que
"aceptar las consecuencias de las palabras. Más cerca de Kafka cuando
escribía "No hablamos según lo que somos, sino que somos según lo que
hablamos", o, respecto del lenguaje: "Robar el niño alemán en la
cuna". Lo contrario de Pero si yo quise decir!... ¡Complicadísima madeja!
¿En qué momento se movió de lugar el querer del desdichado que así se
expresa? Estas cuestiones confunden a los fanáticos de la verdad en sus
distintas versiones. Lamborghini hizo del complicado ovillo del quise decir el hálito
guerrero de sus personajes. No hay rectificación para la prosa de quien cuando
no puede escribir, escribe. El pide Barulo, Nal, el culón, olla popular, (etc.)
es víctima de todo lo que nadie quiso decir, en el sentido estricto que le da
el pibe Barulo cuando, frente a la pregunta del padre: ¿vos querés o no ser
gordo puto?; filosofa con dolor: ASI SON: CUALQUIER PALABRA LES DA LO MISMO. O,
cuando Tokuro, ingeniero japonés de una multinacional, otro tipo de guerra de
Lamborghini, japonés, cinturón negro, con la manía del honor y el Emperador
encierra en el vestuario a sus 29 compañeros de la empresa, amenazando con
matarlos si no cumplen con su palabra. (Todo ocurría en un encuentro futbolístico
de solteros vs. casados). En el entrevero sentimental de la gran familia,
terminado el partido, algunos se habían ido de boca y habían empezado con el
clásico "Si yo fuera (puto), papito, te juro que te chuparía la
pija". "Una bandada de pájaros quería volver a sus nidos.
Precisamente eso era lo difícil. Si la bandada, disfrazada de jugadores de fútbol,
se atrincheraba en unas duchas, atemorizada por un solo pájaro, el samurai, un
pájaro con la manía del honor. ¿Deben tener coraje los hombres?" (La
causa justa).
Tokuro —el samurai— no
puede entender un país donde la gente habla como si fuera. Se enfurece y en la
llanura de los chistes Tokuro hará que la palabra se cumpla y el acto se
consume. Tragedia clásica: Tokuro el redentor se hace el harakiri y se redime
en el honor de la muerte. Todo ocurre porque Tokuro leía literatura muy vieja,
una literatura que dice que se puede recurrir a la violencia si la causa es
justa. "No es la causa la que justifica la guerra sino la guerra la que
santifica la causa". Es otra literatura: Nietzsche.
Tal vez Lamborghini tenía
—como Tokuro— una preferencia por lo hybrido y su consecuencia: la
redención titánica. Pero si esa preferencia se expresó fue solo en la lengua
concebida como tajo; escribir: como el íntimo cuchillo en la garganta.
escribir: "Los directamente implicados en el fraude, en el negocio
flatulento de la mentira, ésos: esos cultivan el lenguaje. Aquí se trata de
matar. Prueba. Prueba, la Vuelta de Martín Fierro, que la Ida, de entrada y
desde el vamos, ya cameleaba en grande. El lenguaje es la corona de la especie
(el rulero) enferma: lat lepra(t)".
Un titán de extraña figura el
lenguaje de Lamborghini: "Lo único que hay es lo que no importa: el
Lenguaje".
Es una cuestión pulmonar
—escribió también—, se respira mejor cuando lo criminal ocurre. Como el íntimo
cuchillo en la garganta y las masas: en movimiento.
Solitario
todo final
Tengo miedo de cacarear,
insiste Nietzsche en su correspondencia. Era un hombre tímido avergonzado de
tener que mostrarlo en su propio espejo. "¿A qué decir tan alto y con
tanto calor lo que somos, lo que queremos y lo que no queremos? —enfatiza en
el prólogo de Aurora. Meditémoslo más fría y serenamente, digámoslo como si
habláramos con nosotros mismos, tan bajo que el mundo no lo oiga, que no nos
oiga".
Y Osvaldo Lamborghini: "En
fin, ya creo haber aclarado este punto: todo va bien, hasta que llegan los
lectores. Porque, cuando ellos llegan, entonces: entonces. Entonces todo iba
bien.
¿Incomunicabilidad?;
¿vocación de oscurantismo?; ¿tenebrosidad alemana o malicia criolla?; ¿misticismo
iluminado?; ¿falta de solidaridad?; ¿aislamiento? Toda conjetura vale para el
religioso ojo periodístico —rápido y responsable— de los intelectuales de
hoy. ¡Solitario todo final! Solitario el que ha escuchado: "Naturalmente,
son chillidos. ¿Por qué no? El chillido es el habla de nuestro pueblo, sólo
que muchos chillan toda la vida y no lo saben". El viejo chiste, es general
la cosa.