Roberto Cignoni
Diario de poesía o la
imposibilidad de leer
Algunas observaciones en torno a notas y comentarios
aparecidos en "Diario de Poesía".
"Tres veces aparece en La
tarde de un escritor la ilegibilidad, una especie de mudez o incapacidad de
significar que afecta a actos o hechos cuya razón de ser es, precisamente,
producir significación. Nada terrible ni extraordinario sino un pequeño
desquicio, una fatalidad casi aburrida. Primero, las cartas de un desconocido
que el protagonista recibe por docenas con frases un poco enigmáticas que se
perciben como pedidos de auxilio. Después, su encuentro con un viejo que le
dice algo cuyo sentido el protagonista, el escritor, no logra captar aunque
puede reconocer las palabras. Y la tercera, su imposibilidad de descifrar el
zigzagueo trazado en el dorso de las postales que le manda a un amigo. Ignoro si
Peter Handke quiso simbolizar algo con esas situaciones pero no puedo dejar de
encontrarles un sentido oscuro. La sensación es de que también a mí me pasó,
o me pasa, y hasta probablemente sea cosa de todos los días, algo que en el
momento mismo en que ocurre es borrado pero que forma parte de mi vida como el
movimiento automático de buscar al tacto, en el manojo de llaves, cierta
prominencia que distingue a la de la puerta de calle.
También Leónidas
Lamborghini habla de trazos ilegibles en Odiseo
confinado: ante el fracaso de su aventura escritural, Cordero el Paródico
encuentra un consuelo al recordar que en una época le llegaban cartas que sólo
contenían garabatos y "llegué a leer -dice- / en esos rasgos, sin letras,
/ sin palabras, / todo un drama de soledad, / de angustia, de locura / de
demente aislamiento / sin salida / de confinado encierro". Cualquiera que
hiciese esos trazos , "estaba intentando decir algo", piensa Cordero:
"¿Y acaso, ¡oh poetas! / puede a más aspirar ; a más / que a ese
intento, (¿os consoláis?) / nuestra poesía, (todo es engaño, es ilusión), /
nuestro arte?". ¿Hay manera de leer poesía -ahora pregunto yo- si no es a
partir de la confianza en que esos grafos "intentan decir algo" y de
que en sus dificultades de decir "hay un drama", y, más, que tal
drama es lo que verdaderamente importa leer? Puedo admitir que sin cierta
confianza previa, sin cierta legibilidad que le otorga voluntariamente el
lector, la poesía no es posible, pero ¿hasta dónde? ¿Cómo no prever esa
bochornosa instancia en la que el reconocimiento de una verdad se transforma en
coartada? ¿No estará más cargada de sentido, de eso que llamamos
"resonancia poética", la imposibilidad de leer del personaje de Hanke
que la ignorancia, la ingenuidad o el descaro de quienes le hablan o escriben
confiados en que él sabrá cómo leerlos, o indiferentes, en todo caso, a que
él los pueda o quiera leer?
Pero convengamos con el Paródico
en que leer es una apuesta no menos incierta que escribir poesía, y que buena
parte de la mejor poesía hoy surge de hacerse cargo de ese problema. Está más
que probado , además, que textos que alguna vez resultaron torpes, rebuscados,
pasatistas, crípticos o excesivamente simples terminaron por encontrar el
lector que indicara a otros lectores cómo hallar en ellos la poesía. Cuando,
por ejemplo, alguien como Cordero empieza a preguntarse qué drama puja ahí. ¿Pero
eso no permitiría, entonces, llamar poesía a lo que hacen Mujica o Blanchard?
¿No harán poesía ya que todo texto "intenta decir algo", los
empeluquinados glosadores del tango museológico, o el que supuso que con
quemarse la cara y amontonar piedras en el desierto iba a tener el talento de
Zurita, o el empresario con inquietudes que envía a un concurso octosílabos
consonantes en reconocimiento de la laboriosidad de la madre de sus hijos, o las
damas de la S.A.D.E., o Narosky? El Odiseo, al menos, no habilita semejante
conclusión: no sólo porque incluye otras voces en disidencia con la de
Cordero, sino porque el propio Cordero inserta, como una cuña que cuestiona su
propio hallazgo, esa pregunta capciosa a los poetas: "¿os consoláis?"
D. Freidemberg, "Todos bailan", fragm. Diario de Poesía Nº 28.
Al alcance de estas
afirmaciones, se han vuelto peligrosos cualquier apertura u horizonte que,
nacidos de una duda ("uno comienza por preguntarse...") sorprendan al
fin en crisis cierta insistencia primaria entregada a una imposibilidad de leer,
imposibilidad por la que la nota toma capciosamente partido a través de una
pregunta previa que conlleva su propio corolario ("¿No estará más
cargada de sentido, de eso que llamamos "resonancia poética", las
imposibilidad de leer del personaje de Handke, que la ignorancia, la
ingenuidad o el descaro de quienes le hablan o escriben confiados en que él
sabrá cómo leerlos, o indiferentes, en todo caso, a que él los pueda o quiera
leer?").
Desvariar una presunta
ilegibilidad implica para el que opina el terrible sino de abrir una hendidura
permisiva en cierto criterio de poesía, punto de fuga que concedería la
consideración de poético a aquello que realizan, por ejemplo, Mujica o
Blanchard, los glosadores del tango o las damas de la Sade ("¿Pero eso no
permitiría, entonces, llamar poesía a lo que hacen Mujica o Blanchard?").
Hay, en principio, una
salvaguarda que se propone y que habilitaría a descontar aquella decorosa
ilegibilidad: una confianza que ha de servir el lector y a la cual el texto debe
delegarse irremediablemente, confianza que, tal como se lee al fin del fragmento
citado, no se hará suficiente para asegurar la condición de poesía de las
voces Blanchard o las voces Mujica, de los octosílabos de un empresario o de
las glosas de los empeluquinados tangueros.
Y es que la consabida
ilegibilidad no se quiebra aquí por una duda irreprimible, aquella que en tanto
no acusase resolución extrañaría la posibilidad de instaurar cualquier razón
de ser del poema, abandonándonos con ello palmariamente en el cuerpo de sus
articulaciones y resonancias (lectura plena, que no se efectuaría así bajo
ningún aval o reaseguro de legibilidad); sino que (la tal ilegibilidad)
pretende despejarse ahora mediante un carácter sentado de antemano, que responde
a aquella duda primordial y coloca enseguida al poema como subsidiario de su
certeza.
La respuesta que se da a
aquella inicial incertidumbre es precisamente la confianza de que esos
"grafos intentan decir algo", que en sus "dificultades de
decir hay un drama" y que "tal drama es lo que verdaderamente
importa leer".
No es pues aquel interrogarse
la cuña de un inquirir o un indagar que, asistiéndose en ninguna respuesta y
exceptuada de fijar su aliento, se hiciese capaz de remover en dosis sucesivas
el muro perceptivo y los paréntesis codificantes, trasvasando ahora, en tanto
desplanta la comodidad de abandonarse a un eje presupuesto, el celo encarecido
de una ilegibilidad (la que no puede, a este carácter, sino considerarse como
la empeñada negación que provoca el leer en un sentido dado, un sentido
que el poema se alienta impasible de certificar).
La
lectura, para el que lee de nuevo por primera vez, se expande por la
escena de un decir sin que ningún sentido previo le augure un desliz amable en
caso de hallarse las vías de su progreso, o le desencante los nortes de algún
desplegar en tanto se viese impedida de cumplir con los requisitos de la pauta.
Este avance incondicional de la lectura quedaría medularmente traicionado si lo
impregnásemos de cierta intencionalidad de un decir algo, pues ahora, inducidos
por ese algo al que se puede o se debe encomiablemente encontrar, contemplaríamos
a las palabras apenas como el medio por el cual el tal algo pretende
manifestarse, nos empecinaríamos, más allá de ellas, en busca de cierta
esencia o estructura trascendente que les otorgase y convalidase una presencia,
aplazaríamos su cuerpo, la potencia desnuda de su materialidad, para ver en
estas voces nada más que el recipiente sellado que oculta la nutrición
prevista de algún espíritu.
De aquí, la creencia en una
poesía críptica o hermética, aquella cuyo carácter específico sería el de
guardar un supuesto contenido fundamental, contenido en función del cual las
palabras del poema se sirven apenas como simples mediadoras, elementos de una
clave lexicográfica apta para el desciframiento.
De aquí, el pavor soberano de
un lector que debe arrojar deseperadamente su mano a un manojo de llaves hasta
dar con aquella que abra la caja y lo reúna con la Referencia salvadora (lector
sin duda teológico, para el cual el poema se yergue como la escritura sagrada
idónea para revelarle una verdad consubstancial).
De aquí, la prescripción de
estas frases cuyo presuntamente velado sentido no se logra captar como pedidos
de auxilio, que el mismo Cordero el Paródico consiente, en tanto supone a estos
rasgos la escena de un "drama de soledad / de angustia, de locura / de
demente aislamiento / sin salida / de confinado encierro", aquello que sólo
el presupuesto de una intención de decir algo asiste y convalida, algo
sombrío o sentido a develar que posibilitaría eventualmente la salida
bienaventurada (del propio poema, hermético en principio y al fin abierto); en
otras palabras, ese archi-texto o archi-voz que, develado, fuese capaz de
expresarse en el marco de la convención lingüística y, auspiciosamente, de
prestarnos liberación (esto es, asimilarnos a la tranquilidad, la cordura, la
comunicación debida).
De aquí aún, la insistencia
de que existe en el poema una dificultad en el decir, una densidad de tropezones
y altercados que impiden la fluencia despejada de ese algo que se pretende y no
se alcanza a cristalizar, exceptuando, en vistas de aquel convocado querer
decir, la atención en el decir en sí del poema (que jamás hace el gesto de
una incompetencia).
De aquí, al fin, la idea del
poema crepitado como un consuelo del poeta (aquello que consolida el irrisorio
criterio de un texto que no puede abordarse sino ligándolo a las necesidades de
un autor, necesidad de decir cierta cosa que supera los medios
concertados y que, impedida de consolidar su objeto, se haría pasible al menos,
por su voluntad o su esfuerzo, de alguna consolación).
El columnista acepta al final
de la nota (en un fragmento que no se reproduce en estas páginas) que la
ilegibilidad no constituye una propiedad de los textos, sino que se asienta en
el hecho mismo de la presencia de lectores incapaces de acceder a esos textos.
Sin embargo, no reflexiona sobre los criterios previamente esgrimidos, deja en
pie que la legibilidad posible se asienta en algún postulado que debe
confiadamente instaurarse el lector, sin el cual la comunión con el poema se
vería imposibilitada, hace flotar con ello la idea de que la tal legibilidad se
soporta en todo caso sobre un prejuicio que se le ofrece como pasaporte,
pretende ilusoriamente que la pregunta del Cordero (¿os consoláis?) cuestiona
ese hallazgo, cuando no se sustenta más que en el supuesto intento de decir
algo y su coagulada proyección, utiliza esta disidencia (engañosa, puesto que
no es, según lo antedicho, sino afirmación disimulada de un preconcepto) para
deshauciar la alternativa de que ciertos textos puedan consi-derarse poesía,
acepta bajo el axioma de una intencionalidad de decir algo que el poema aparezca
ante el lector como críptico o rebuscado, o de otro modo, que no sea más que
el rodeo dificultoso impedido de hallar la justa expresión que brindase
correspondencia a ese querer decir.
"Con este tercer libro
de Héctor Piccoli (1950) se estrena un nuevo sello rosarino. La edición es tan
sobria como elegante. A semejanza de sus libros anteriores (Permutaciones,
1975, y Si no a enhestar el oro oído, 1993), Filiación del rumor contiene
páginas desplegables, poemas en alemán y otros rasgos que si alguna vez
parecieron extravagancias de una poesía experimental hoy ya resultan
propiedades de una de las experiencias poéticas más destacadas aunque menos
conocidas de nuestro país". Daniel García Helder. Fragmento de un
comentario acerca de Fliación del rumor de Héctor Piccoli. Diario de
Poesía Nº 29.
Cierto mundo verbal que pareció
en un principio extravagante, allí donde azoradamente el lector no encontró
patrón o modelo al cual asociarlo, se vuelve en su nuevo asomar una de las
experiencias poéticas más destacadas, pues ahora el tal lector cuenta con la
garantía feliz de aquella primera lectura, una muesca en la memoria que le
augura no enfrentarse a la intemperie de un contacto inaudito con el poema, o de
otro modo, le impide gratamente renunciar a la vena cobarde de confiscar lo
desconocido por lo habitual, lo imprescriptible por lo dicho.
"Ah, esa entonación
entre comillas sublime cuya vaguedad siempre en ascenso raya con el horizonte de
la misma... no se me ocurre de qué, pero sin duda algo "sempiterno".
Las palabras de prestigio arcaico (beldad, tea, erial, safir, y otras voces que
ya no se oyen), la permanente simbología nebulosa, que hacen pensar al poeta
oficiando todo el tiempo una ceremonia escatológica (de hecho, el libro cierra
con una solemne LAUS DEO VIRGINIQUE MATRI), los adjetivos duro, ígneo,
aborrecible y otros por el estilo, la segunda persona siempre conjugada en tú,
etc., contribuyen a formar una poesía extemporánea y sin marcas de origen. Así
que, o un amigo lo ayudó a organizar el libro, o como quería Valéry, Zunino
lleva adentro un crítico." D.G.Helder.
Fragmento de un comentario acerca de Cruzada de las delicias de J.Zunino
- Diario de Poesía nº 27.
Lo que atrozmente desampara al
comentarista es cierto vago matiz, una simbología nebulosa que le impide hacer
pie y tensar el índice de alguna confiabilidad. Los muelles más sólidos de
este lector se desvanecen sin reparo: ni una marca de origen (que permitiría,
capciosamente, reconocer al poema por filiación) ni una temporalidad (que lo
festejaría como testimonio de una época, un intervalo de historia caracterizado);
el crítico, doblegado por la propia impotencia para abrazarse al texto sin señales
identificatorias, se recurva ahora sobre el más oficializado de los
fundamentos, el autor como origen y responsable del poema, y lo ironiza o lo
desprecia.
"El punto parece ser el
siguiente: Corbalán trabaja sobre una poética de tesis, tanto en sus
procedimientos como en "las cosas que quiere decir" (véase para esto Estarse
sola, un poema en el que priva una tesis ideológica, una manera de
"estar en el mundo": y priva tanto que su desarrollo expresivo es
confuso y deficiente ,una primera quinteta en rimaaabba, un imprevisto abandono
de toda rima hasta la quinta estrofa, donde el modelo reaparece transformado en
cddde, etc.) y cuando se dejar estar de esa tesis logra una poesía precisa y
atractiva, porque allí se cruzan, sin miramientos, las evocaciones y
sugerencias propias del simbolismo con la mirada sustantiva del objetivismo
parnasiano, oxímoron que hubiera desacomodado incluso a Mallarmé."
Martín Prieto. Fragmento del comentario de La Pasajera de Arena de
Macky Corbalán. Diario de Poesía nº 26.
El
comentarista, en familiaridad con otras notas de la publicación, asimila en su
enunciado un "querer decir",
salvaguardando el poder socavador de un sistema que apunta a la
convalidación del sujeto en cuanto tutor último del sentido, en cuanto
fundamento de una metafísica de la escisión (autor-obra, originario-derivado,
referente-significado/significante). Lo terrible de acceder a una palabra
erguida como su propia referencia implica para el crítico el tomar conciencia
de la irrelevancia de su comentario, pues ya no habría nada que interpretar ni
sostener allí donde no existe esa otra cosa encargada de ofrecer un marco a la
interpretación. El comentario no hace más que mediar explicando: no lee lo que
se dice sino para mostrar lo que se quiere decir, pero para leer lo que
se quiere decir hay que acomodar lo que se dice al proyecto de la interpretación
(y ya se enajena la lectura de lo que propiamente se dice) siendo, al fin y al
cabo,que lo que se supone se quiere decir es algo que de hecho no se dice, allí
donde sólo se dice lo que se dice. Para que haya ese algo que se quiere decir
se debe seccionar el mundo aceptando el juego de la metafísica dominante.
El mismo comentarista desiste
de leer lo que se dice, esto es, entregarse sin notaciones aprendidas o índices
de previsiblidad a una palabra que conlleva en sí su propia jerarquía y
determinación. De este modo, la considera a veces confusa y deficiente (si
abandona imprevistamente una rima que este lector supone debe fijarse como
modelo de toda la composición) o la califica otras de precisa y atractiva
(cuando encuentra en ella el relampagueo de lo ya leído y sistemáticamente
abstraído hacia la categorización de una escuela: las evocaciones y
sugerencias propias del simbolismo, la mirada sustantiva del objetivismo
parnasiano).
"Dimensão, Año IX, n°3,
Noviembre 1989. Esta revista semestral, que dirige Guido Bilharinho, es
consecuente y, de a poco, se ha convertido en una de las más significativas
publicaciones de poesía en Brasil. Ahora bien, Bilharinho, en este número
doble, ha cometido la torpeza de reproducir "Um novo verso argentino",
uno de los versos de Jorge Perednik en su revista XUL. Los participantes de ese
número, muchos por cierto —Carrera, Cerdá, Cerro, Chanetón, Chevasco,
Ferro, Lépore, Perlongher, Roessler, Santana, Sluszkiewicz, Thonis y
Perednik— no fueron traducidos sino reproducidos y presentados como contrarios
a la discursividad prosaica." Diario
de Poesía n°15.
La estirpe prepotente celebra
sus raíces: la torpeza a la que se alude consiste sin más en haber reproducido
los poemas de "Un Nuevo Verso Argentino" y no la intelección y el
gusto del comentarista. Naturalizado, el "cómo leer" implica y
determina el "qué" leer, anticipando consentimientos y exclusiones y
fermentando el gesto maniqueísta que insiste en delimitar lo torpe de lo
diestro, lo recto de lo incapaz. La palabra, al fin y al cabo, no perdona:
ninguna voz se absuelve al condenar.
"Nunca he sido un fanático
de Molina: algo de su poesía -quizá cierta verbosidad- me deja invariablemente
afuera. El ala de la
gaviota, en cambio, presenta una suerte de síntesis, de esencialidad, que me
ha permitido volver atrás y encontrar una posible clave de lectura de la que
antes carecía". J.Fondebrider - Referencia a una obra de E. Molina
respondiendo a una encuesta - Diario de Poesía nº 15.
Una síntesis o una
esencialidad hace que el lector se vuelva irremediablemente hacia atrás,
desconectado palpablemente del aquí y ahora del poema, mientras se ilusiona en
una posible clave de lectura que le permita penetrar en él, cuando es,
precisamente, la premeditación de una llave léxico-semántica aquello que lo
margina por una dirección determinada y lo deja fuera en el centro mismo de su
autoengaño (mientras la lectura en sí del poema, impasible en tanto
acontecimiento de apoyarse en alguna clave, se abre a un palabra evidente en su
propio aparecer —exenta de la virtualidad nuclear de una esencia— e íntegra
en su unicidad —soberanamente indemne de considerarse el extracto concentrado
de una totalidad).
"A lo largo de las 167
páginas de Patria Gótica despliega su singular energía (Rafael Bini) en un
cocktail de rock, Artaud, Bucowsky, surrealismo y cuanto maldito ande suelto.
Ah, también hay psicoanálisis y comics". J.
Fondebrider. Referencia a Patria Gótica de Rafael Bini - Diario de Poesía
nº 13.
Quien así dice se ha
exceptuado por enésima vez de convocar al poema en el poema, al poema en el
desliz de una singularidad incompatible, para en cambio leer a través de
él el paisaje de un repaso fundamental, un cielo arado de autores, tendencias,
categorías y disciplinas que le aseguran, al amparo de una procedencia,
desasirse del riesgo salvaje de lo inconcebible, con la consiguiente degradación
de los textos en un régimen tributario.
"Cuarto libro de poemas
de Di Marco y cuarta dirección emprendida por el autor de Una temporada en
Babia. A esta altura, por si alguien lo dudaba, resulta más que evidente que
cada nuevo volumen de di Marco responde a un proyecto bien determinado
previamente. En este caso, el paisaje". J.Fondebrider
. Referencia a El viento planea sobre la tierra de M.Di Marco . Diario de
Poesía nº 16.
El determinismo respecto a una
obra se endilga ahora al autor, pero cabe preguntarse cómo la obra nos muestra
a un autor fuera de ella empeñado en un proyecto cualquiera, duda que abre la
alternativa de pensar que es el propio crítico quien sufre el determinismo de
asimilar los poemas al pretendido programa que se sirve un cierto quien como
fuente exclusiva del texto.
PRIMERA CONSIDERACIÓN
Al fin y al cabo, lo pavoroso
para cualquier consideración acerca del poema resulta su enigma.
Un enigma carece de solución:
no reconoce algo previo a partir de lo cual pudiese organizarse, ni tampoco una
emergencia final. El enigma no existe a esta suerte ni antes ni después de su
propio planteo, de su solo aparecer; es, sin más, su planteo, su asomar
mismísimo. En esto se distingue de un problema, que es esencialmente
solucionable, y de cualquier fenómeno considerado esotérico, al que se puede
eventualmente develar y dominar.
El enigma de la poesía es algo
que está desajustado de las palabras que tratan de reducirlo, las palabras
origen y fin, ausencia y presencia, causa y efecto, contenido y forma. Esta es
su marca, pero una marca que insiste sin embargo como la marca de nada; no es la
marca de alguien ni de algo, sino la profundización de una marca que no
reconoce en sí ningún tipo que la grabaría en una sustancia
cualquiera.
El enigma descompensa ante todo
una lectura lineal, una lectura que se sustenta en el escrito como representación,
proyectando irremediablemente al lector fuera de él, por cuanto la escena
originaria quiere situarse en cualquier caso más acá o más allá de esa
sucesión determinada de palabras a la que nombramos texto. Esta lectura, que en
tanto encauza su atención hacia algo presente en otra parte no cesa de
constituir al lector en enajenado efectivo del poema, consolida su asiento en la
articulación de cuatro espacios heterogéneos: la realidad, el autor, la obra y
el lector. De hecho hay un objeto escrito al que denominamos obra, alguien
que lo ha escrito al que denominamos autor, y alguien que lo lee al que
llamamos lector. Desde el punto de vista de la ideología del Sistema
esto es incuestionable; pero es tan claro que se vuelve sospechoso. ¿Qué se
quiere decir cuando se afirma que alguien es el autor de tal obra? Ante todo que
ha tenido originalmente a la obra en su espíritu y que por medio de la
escritura la ha trasladado a las páginas de un libro que es leído por un
lector. Desde este punto de vista la obra sería copia de una realidad. La clave
de este esquema está en la dialéctica entre lo original y lo secundario,
entre la presencia y la ausencia: lo original es la
"obra presente" en la mentalidad imaginativa del autor, o en lo real,
o en Dios; lo secundario es la obra que copia mediante la escritura la
obra mental originaria. Lo que así se re-produce es la temática teológica de
la metafísica de la presencia, que vincula, escindiendo y jerarquizando, en un
mismo movimiento, lo trascendente y lo creado.
Sin embargo, se presenta aún
una posibilidad insensata y terrible, un juego que ausenta la trascendencia de
algún significado y se proyecta en un desplazamiento inacotable: el juego mismo
de dejar hablar a ese texto que es un acto, que en esencia no se
constituye demostrativo de nada, y cuyo enunciado carece ya de una fuerza
distinta al acto de su pronunciación.
Frente a los encabalgamientos
de la semántica habitual, esta lectura no depende de ningún apriori teórico y
se ofrece versátilmente como fiesta (la teoría puede ser convalidada por el
acto, pero el acto como tal no tiene otro significado que el de ser, el de
sencillamente producirse). Cuando la lectura se inscribe en su propio
desencadenamiento cesa de ser la viabilidad de una propuesta para convertirse en
un cuerpo, una instancia cuya magnitud no acepta relevamientos ni deslindes, un
cuerpo que es ya una fisura penetrante en el lenguaje comunicacional (aquel que
instaura a la palabra como valor de cambio y la sopla intercanjeable). La
lectura deja ahora de abanicarse como el efecto de un mandamiento o de un vector
persuasivo, para ser propiamente el hecho que ningún proyecto detona. En este
punto no existe para la crítica, pues es el propio lector quien de inmediato es
arrastrado disolviéndose en relaciones sin trasfondo, en juegos que se
destruyen apenas comenzados, en mundos que se convierten en polvo para renacer
distintos por una tensión inclaudicable. La lectura se abre así al espesor
enigmático de un texto donde todo remite a todo, pero que al mismo tiempo niega
el todo y se niega, porque lo que falta es la sustancia o la Presencia que
detengan ese deslizamiento donde una afirmación es una negación y un aparecer
un desvanecimiento, allí donde la sustancia, como el beneplácito de una
cultura para detener el juego reprimiendo con las baterías de la identidad la
errancia de la diferencia, no halla pie para una posible erección.
El juego monstruoso se alza así
la lectura sin llamada, sin asterisco, un movimiento insubordinable que se
escancia, lo único que no se detiene. El poema no puede ser al acaso
otra cosa que su lectura, el lenguaje-pensamiento que se nos dona al desliz de
su cuerpo, una experiencia sin referente que nos conmina a sufrirla
originariamente en vez de servirnósla para ser remitidos por ella.
No obstante fantaseamos una
presencia avaladora, reclamamos en algún lugar algo distinto para sujetarnos
ante tanto horizonte intemperante. Empeñosamente nos asilamos en alguna Idea
donde el juego absurdo pueda convertirse en una finalidad, en la Razón o ley de
una Entidad suprema. Para "salvarnos" siempre caemos en la teología,
aún borrando el nombre de dios pero sometiéndonos implícitamente a él
mediante la idealidad que conlleva el estatuto de cualquier prerrogativa. Por su
parte, la materialidad del juego insensato es una práctica, un
"lanzamiento de dados". Ser materialista es pensar y actuar la lectura
en tanto práctica, la lectura que se entrega al enigma del poema y desbarata el
Régimen: desmoronamiento de todo sentido metafísico como un originario que
cargaría de intencionalidad el mundo natural y humano; fragmentación de
cualquier totalidad cerrada, ruptura de todo centro sustancial ordenador del
mundo por delegación trascendente. Se alza a este carácter una suerte de
lectura de ideograma, sin más allá, sin un querer-decir, o, si se prefiere, la
lectura de un aquí insondable, de una pregunta que no ofrece respuesta y de una
respuesta (colmo de la paradoja) sin pregunta: puro silencio que resuena en una
incoercible sucesión de palabras.
La lectura del poema en el
poema, del poema en tanto primordio sin principio, desgarra la conciencia acerca
de ese supuesto lugar primero donde el texto en cuanto mensaje existiría en sí
como presencia inmaterial de algo o de alguien. El triunfo del texto como un
mundo detrás del cual no hay dios, como un acto detrás del que no se erige un
escritor (escritor que se soporta a su vez sobre una dada realidad), destruye la
esencia de una sociabilidad alienada, pero al mismo tiempo se consuma a sí como
una perfección humana.
La fuerza del poema es la de un
acabamiento, la de un todo-nada que al aceptarse se despide. Nunca se trata de
la negación que conserva y que se resuelve en una nueva afirmación (característica
propia de la superación en la concepción dialéctica), sino de un sí-no
terminal que no puede continuarse por ningún otro discurso. De allí lo
innombrable de la experiencia y la impotencia consumada de una Razón.
Escuchar en la lectura al todo
del poema es igual a afirmar nada en el orden representativo, nada que es al fin
la auto-anulación de una sociedad entera. Lo no-representativo emplaza, sin
gesto alguno de enfrentamiento, la muerte del Sistema. Entregarse al enigma,
asistir sin diferencia a la experiencia del poema y al poema de la experiencia
es, puntualmente, liberar al mundo en la fiesta de su aparecer, contra todo
condicionamiento de una partitura ontológica.
El carácter enigmático de la
obra consiste en que dice algo y a la vez lo desvanece. Este carácter tiene
algo de los movimientos de un deportista durante el juego: si se está dentro de
las obras, si se las acompaña internamente en su despliegue, se hace tan
palpable como imposible de consignar, pero si se sale fuera, si se rompe el
pacto con su inmanencia y se pierde la más mínima tensión, el tal carácter
se trastorna capciosamente y se aparece como un espíritu. El espíritu no se
constituye sino como ese Sentido sustentatorio que una presencia o parámetro
ordenador fuera de la obra confiere; afirmar "esto es lo que leo" es
presentar ya un discurso que ofrece un objeto y al mismo tiempo le sirve de
soporte.
Ahora
bien, en tanto el poema o el texto se lee, este discurso falta. A este aliento,
el poema encuentra su vértice en la ausencia de cualquier otro lenguaje, en su
corporalidad enunciada que no preexiste a otro signo y que desaparece en el
momento mismo en que la lectura se suspende. Toda posibilidad de recuperación
de su lenguaje encuentra así el límite en la misma transitividad donde esta
recuperación vendría a cumplirse. En tanto el poema halla su soberanía en la
cima singular y sostenida de su lectura, nada puede limitarlo de derecho: ni aquél
a quien se dirige, ni la verdad de lo que dice, ni los valores o los sistemas
representativos que utiliza; en resumen, ya no es discurso o comunicación de un
sentido, sino despliegue de la palabra en su ser bruto, pura materialidad
desplegada, y el sujeto que lee ya no es el catalizador de alguna certeza o
juicio que pudiera manifestarse mediante una forma gramatical dispuesta a tal
fin, sino que se constituye sin más en la cabal inexistencia donde avanza sin
interrupción el flujo indefinido de la palabra.
El poema en la lectura
desbarata el sistema: aparece ante él como signo de un supuesto correlato que
falta, diferencia donde uno de los términos está irremisiblemente perdido. En
cuanto no se constituye como signo de algo, en cuanto ese presunto algo se
difiere, en cuanto las palabras aparecen a la percepción tan inalterables como
delebles, la remisión a una presencia, a la presencia de ese algo que las
hubiese instaurado como huella queda ocluida. Entonces se sabe: es la palabra lo
que se nos ha confiado, y no la presunta realidad que esta palabra señalaría;
pensamiento sin duda bestial, pensamiento que no debe conocerse, pues cuestiona
en su misma raíz la estructura de nuestro solícito mundo. El desplegar sin
freno de la lectura, el aparecer sin sustento de la imagen, desplazan
violentamente aquello que hasta ese momento era lo "natural", esa
sustancia llagada de espíritu donde las figuras parecían inscribirse sin
alternativa y desde siempre.
Lectura sin fin, sin inicio,
pues constituye el espacio que como tal no tiene comienzo ni fin, ni fin ni
finalidad. No una empresa pre-existente desencadenándose, sino el
desencadenamiento puro. La metafísica de la presencia, al reconocer que en algún
lugar está presente el sentido, impone el desdoblamiento, la
complementariedad, la re-presentación, la mimesis, y continuando hasta el fin,
la cadena de significantes que se engendran unos a otros necesariamente en el
crimen disfrazado de lo natural, Dios: Dios como fuente originaria de todo
sentido, como sentido trascendente, Dios encubierto por cierta astucia de la razón
que resguarda y conserva el sistema modificando nominalmente los contenidos (en
lugar de Dios el dueño del sentido puede llamarse, y de hecho así se lo llama,
Autor, Creador, Maestro, Gramática, Ley, Historia, etc.).
Desplegar pleno de la lectura y
la mirada, que desplanta a aquello que hasta hace un momento parecía ser la
escena de algo que lo trascendía, y que de pronto se encuentra sin autor o
libreto que repetir. Apenas y tanto, ese gesto, esa voz, ese poema que se
presenta en el momento mismo de presentarse y que jamás anticipa a sus
acciones. Lo que se borra es esa línea teológica que lanzada desde un pasado
originario buscaría a través del presente un futuro donde realizarse
plenamente como sentido. En la lectura como tal sólo existe el ahora: entonces
desaparece esa construcción que llamamos "tiempo", ese fantasma que
decimos "hombre", ese después revelatorio que babeamos como "crítica",
y con ellos desaparece un Logos, no para dar lugar a otro Logos encadenado al
primero por la dialéctica, no una tachadura del Logos que lo conserve en su
propio movimiento negador, sino una ausencia de la cual sólo se da cuenta no
hablando, retrayéndose a la vibración de un silencio que borra en un solo
rapto todo sí y todo no.
Nos convertimos ya en los
giros, en los despliegues y repliegues de un lenguaje hecho de un vacío
impenetrable, de un texto que no acusa la Presencia o el centro soberano que
desde un afuera le otorgue sentido, de un poema que nos recoge pacientemente en
esa marea por la que sólo somos acentos, puntos, comas, espaciamientos, lapsus,
diseminación. Nombrar, describir, investigar ese texto o ese poema es querer
apoderarse de aquello que de hecho es lo impensable, lo in-nominable; cuando lo
apresamos o tenemos ya no es, ha dado un paso atrás, y lo que queda es otra
condición a vencer, lo imposible. Todo aquello que pretendiese acotar al texto,
el Autor, la Estructura, la Epoca, la Tendencia, el Valor, son existencias que
siempre desaparecen para volver a armarse idénticas y distintas, colocadas a
titilar tan luminosas como ausentes en la estela de vacío que traza la lectura.
La consistencia del poema se halla siempre más acá del Sentido, es neutra, no
conceptualizable, y así debe ser para que la fuerza, la escritura, a su vez,
sea.
SEGUNDA CONSIDERACION
No es casual que una publicación
titulada "Diario de poesía" cierre sus páginas con abundantes
comentarios de libros de poemas, esto es, con ese decir que los poemas no dicen
y que insidiosamente presenta a algunos de sus versos alfileteados como
ejemplificación. Si este describir, si este contar no hace aparecer un
substrato absolutamente fundador de la significación en general, si un suelo
solidificado y asible no fundamenta el discurso en la presencia originariamente
dada de la cosa misma, si el propio cuerpo del poema se muestra, sencillamente,
irreductible, no sólo la descripción fenomenológica habrá fracasado, sino el
principio descriptivo mismo, puesto ya en tela de juicio y reabsorbido en su
incompetencia.
Anulación concomitante de la
relación periódico-poesía, pues allí donde el poema se muestra indelegable y
se ausenta como objeto para una expresión, se desvanece la función periodística,
idónea en apurarse en citar un acontecimiento (el poema en este caso) para dar
alguna noticia y verosimilitud de él. El comentario de poemas, bajo este carácter,
no hace más que afirmar un celo típicamente periodístico, pues intenta
presentar en un discurso cierto hecho (el poema) constituido sin él y antes de
él. El poema queda capciosamente tachado, allí donde el comentario (al modo de
una información) no intenta más que repetir o reproducir cierto sentido
básico, o virtualidad sustanciadora, que no necesita ya de la presencia del tal
hecho, del tal poema, para ser lo que es. Al proferir sólo un sentido
constituido, el comentario muestra que el poema se haría esencialmente
re-productor, o de otro modo, improductivo.
En el periódico, la propia
noticia constituye ya el comentarlo de un hecho, vale decir, la erección de un
sentido determinado que exceptúa la puesta en escena del hecho como tal. Su
enunciación implica ciertos criterios y pautas que conforman por sí un suceso
que no re-presenta al hecho que se pretende objetivar, aquel que ha ocurrido en
un instante y un espacio irremisibles desde su propia actualidad. (Así, por
ejemplo, citar en un periódico un acontecimiento con carácter de accidente o
de suceso intencional asienta ya la proposición de una voluntad individual como
índice determinante de toda acción, y esta voluntad individual se erige sobre
el yo como sustancia o fundamento para una concepción del mundo. A su pesar, el
hecho como tal, el hecho absoluto, se yergue vacío de cualquier tipo de
configuración).
Al fin y al cabo, aquello que
contempla cualquier comentario, saga interpretativa o nota bibliográfica nos
solicita por enésima vez entre el cielo de un noema prelingüístico y la carne
de un noema expresivo. El poema, como una tabla rasa o cera virgen, convocado a
la pura receptividad (aquella que lo constituye, al mismo tiempo, como materia
improductiva) se ofrece llana y simplemente como el substrato para la impresión
de cierto sentido, sentido por el cual el poema encuentra su marca conceptual en
el contenido del querer decir. Desde el momento en que la inscripción en él
del sentido lo hace legible, el orden lógico de la conceptualidad queda
constituido como tal. El poema o el texto se ofrecen entonces de manera
comprensible, manejable, conceptual, única forma en que el comentario o la crítica
pueden asomar y cobrar consistencia
El poema (así como cualquier
texto y el lenguaje en general) se muestra en este punto como simple medio
neutral, sin tono o textura propios, apto para reflejar una intencionalidad o
sentido virgen, aquello que se objetiva en él exceptuándose de sufrir la menor
deformación. No hay sentido sin querer decir, y son la crítica y el comentario
(como avanzadas imperiales de la empresa teorética) los que compulsan y
subrayan la univocidad sin sombra, los que imponen, como el legajo de un derecho
trascendental, la transparencia de aquello que ellos mismos tienen necesidad de
que no sirva para nada (salvo, claro está, para observar el sentido que sus
discursos confían). El comentario o la noticia muestran, por este telos
de la expresión, que el discurso lógico-científico nunca ha cesado de
funcionar como modelo de todo discurso posible.
El comentario de textos y la
noticia cotidiana se conjugan, pues, de modo bifronte en una jugada que es la de
toda la cultura: dan por sentado que existe un sentido en sí (el que se ofrece,
a través del texto, para el comentario; a través del suceso, para la noticia)
y que es posible constituir un discurso capaz de delimitar dicho sentido y
manifestarlo. Sin esta salvaguarda, ni la crítica literaria ni el periodismo se
harían factibles (y en esta eventualidad, se derrumbaría por ambos cimientos
un Diario de poesía).
Pero tanto el periodismo como
el comentario de textos participan además de un proceso selectivo de memoria
social: mientras no cesan de amabilizarse por su función
"esclarecedora", someten a los objetos de su competencia a la doble
ley de la exclusión y la conservación. Esto no se afirma sino en consonancia
con el carácter antes citado: se conservan los textos que, bajo ciertas
correspondencias y analogías, puedan asimilarse como inscripción de una
huella, impotentes para escapar al ahogo de una cultura académica que fija los
campos, las especialidades, las pertenencias y las propiedades; se excluyen
aquellos otros que burlan la doble vigilancia de las filosofías del fundamento
y el esmero filológico, esos textos que, alfileteados por el extrañamiento
hacia la sin-palabra, se hacen proclives, apenas y peligrosamente, a una mera
aparición (que como tal, indiferente a cualquier aval, se le niega en los
medios).
Bajo este carácter, y en el
campo específicamente poético, Diario de poesía no abre instancia alternativa
alguna (jamás podrán, por ejemplo, encontrarse entre sus páginas poemas de
Una temporada en Babia, de Gaucho Concreto, de Faloria Bifronte
o de Blabla Dalgo entre otros). Vale decir, textos en los que la atención
no puede ser abarcada por el diseño de una teoría propuesta, por el repaso
inminente de un estilo, o por estructuras configurativas y relaciones sintácticas
familiares, y en los que la mirada, a medida que avanza y se entrega a lo que
acontece, sencillamente se extravía, y sólo da en encontrar algo al justo
precio de esa pérdida momentánea de sí.
La intercesión de la poesía
por el diario, del poema por el comentario, resulta en cualquier caso negadora
de los primeros términos, y esto es tanto más difícil advertirlo (y así,
tanto más aplastante y efectivo su ejercicio) en un ámbito en que esta situación
se ha presentado desde siempre como connatural. El poema, monstruosamente, no
responde a un lector de asuntos; de hecho pone ante nuestros ojos lo único que
existe: la escritura, la cual no dice pero sí es (y este sí es
su verdadero y desmesurado estatuto ontológico). El comentario o la crónica,
siempre, incluso en su posible complejidad, son lineales, substraen la escritura
haciéndola aparecer como soporte de una narración, y el lector, asumiéndose
como un sirviente, se pega a lo narrado, fuera del cuerpo textual, para ser
arrastrado sin alternativa a su resolución.
Se trata, pues, con la poesía,
de un derrumbe cultural; el Logos, la lógica del Logos, no tiene cabida en un
espacio textual que constituye tanto al autor como al lector, y donde se borra
el espíritu o Sentido que, ya exterior al texto, y erguido con la garantía de
esa trascendencia que se compromete a recogerlo siempre en un más allá, sería
aprehendido e impulsado por el tal autor para volcarse, a través de la obra, al
tal lector en el rol de fiel destinatario.
La pregunta por el quién o el
qué de un poema no es, pues, inocente: en ella se anudan las ideas
fundamentales de una metafísica asfixiante, lo suficientemente astuta para
abarcar incluso a empresas y publicaciones cuyo fin se alienta la propia poesía.
Los fragmentos citados al principio de esta nota dan cuenta de cómo esas
preguntas no dejan de predisponer y dominar la lectura de los poemas, o, en otra
forma, de cómo, bajo los convites del periodismo y la crítica, la poesía
queda irremediablemente entrampada. El Sentido como quintaescencia, fuera de las
palabras del texto; el Autor o el Intérprete, como detentadores y
escenificadores del Sentido (aun del Sentido de los múltiples sentidos)
constituyen los agentes eficaces prontos a sustraer al poema del propio poema, a
cercenar su trazo implacable haciéndolo entrar en un discurso que lo somete, de
hecho, a la metafísica del Discurso. Diario de Poesía se inscribe gustosamente
en ello: en él, la poesía se imprime entre reportajes a sus
"autores" y notas biográficas, entre explicaciones serviciales acerca
de la inspiración de algunos versos y una crítica que no puede sino tallarse
sobre las mismas estructuras que nutren el lenguaje social, lenguaje de mercado
para la transmisión inequívoca.
Los vicios asociados no se
hacen esperar: los redactores se refieren a la poesía obteniendo a cambio un rédito
personal, esos recuadros permanentes y exclusivos que componen su jerarquía y
que se ilustran con la foto del personaje; los miembros del Consejo de Redacción
y los colaboradores se prodigan comentarios recíprocos en un servicial trueque
de favores; a su vez, otros comentarios acusan una impune denigración hacia los
textos que no provienen del ámbito amistoso e ideológico de la camarilla
editora. En fin, un juego interesado de poderes que coloca a la poesía y a la
literatura en general en el plano prostibulario de la manipulación política,
lejos de ocuparse de las cualidades propias de las palabras y las obras, hasta
desentenderse, sin nostalgia, de ese quién y ese qué que
capciosamente se declaran responsables de ellas.
El
mismo título de la publicación no deja dudas: Diario es el nombre sustancial,
el eje privativo que mantiene en cualquier caso su soberanía; la poesía,
apenas un atributo o un contenido, aquello de lo que eventualmente se nutre el
diario para ser lo que es. El cebo está colocado: leer poesía, a través de la
crónica y el discurso crítico, instala ceremoniosamente su invalidez allí
mismo donde se cree encontrarla.