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Ricardo Rojas Ayrala

FABULOSAS ALIMAÑAS DE LA PAMPA

 

El Cuadricorpio De Los Sueños:

Este animal prolifera en las regiones donde se retira la cabeza cuando sueña.

Es de forma variable y de los colores más diversos.

Siempre es poseedor de una larga lengua roja que exhibe en todo momento al costado derecho de su gran fauce.

Es cortés y educado en demasía.

Su debilidad más notoria es comerse los malos pensamientos y las pesadillas nocturnas. Hecho esto, canta con voz aguardentosa alegres cancioncillas de Marsella, lo que invariablemente despierta al durmiente con una increíble sensación de beatitud y esperanza.

 

El Chorlo Sin Cabeza:

Según cuentan los baqueanos, cebados por la caña y el naipe, el Luminoso Señor de los Pájaros, cansado de ensamblar bestias aladas para su reino, se echó a dormir plácidamente sobre una mata de tréboles de siete hojas; durmió tres mil años. Muchas aves incompletas murieron sin remedio en la vigilia, otras, como el chorlo sin cabeza, levantaron un patético vuelo y desaparecieron en la altura.

Cuentan también que, cuando todo se oscurezca, vendrán unas bandadas infinitas de chorlos sin cabeza a atropellar y arrasar todo lo que haya encima de la superficie de la tierra.

Luego, por la difusión interminable de estos cuentos, en los fogones el término "cabeza de chorlo" denomina y persigue a los torpes y a los lerdos.

 

El Ñanduzón:

Este animal sobrenatural es producto del influjo de las fuerzas de la naturaleza sobre los hombres.

El ñanduzón es un ñandú de dimensiones espantosas, con una cola peluda de lobo que arrastra produciendo un sonido muy peculiar, que provoca escalofríos, fiebres furibundas y vómitos a aquel que lo escucha imprudentemente o sin tomar los recaudos necesarios. Es remedio contra ello taparse los oídos con cera de avispa o abeja.

Este ser extraordinario no es ni más ni menos que una niña gemela, que en las noches de eclipse se convierte en ñanduzón y asola los poblados destrozando las herramientas y el ganado que encuentra a su paso.

Si un ser humano tiene la desgracia de cruzarse en su loca carrera, debe hacerse el distraído y pasar tranquilamente a su lado, como si no se lo hubiera visto, pues, al igual que el puma o el jaguareté, este animal ataca cuando percibe temor.

Para que una niña gemela no corra peligro de convertirse en esta terrible bestia, debe dársele un tecito de raíces de tuí tuí o de yerba mela las noches de eclipse.

 

El Moscote:

Cuando sopla el viento sur, o pampareador, más de un mes todo seguido, una nube blanca insondable de varias leguas de largo se abalanza sobre todas las cosas, ocultando la limpidez del cielo e infectando todo a su paso. Es la invasión del voraz moscote.

El moscote es una mosca blanca de dimensiones destempladas, de unas seis pulgadas de largo (unos quince centímetros) y un peso aproximado de una libra y media (unos seiscientos setenta gramos).

Posee fuertes mandíbulas y es capaz de comer, en medio de la vorágine de sus hordas conquistadoras, un ñandú grande en dos o tres minutos, dejando los huesos agujereados con sus larvas insaciables.

El moscote ataca preferentemente a los animales de sangre caliente, pero no desdeña las plantaciones o los pastizales para dejar descendencia. Su larva tarda en desarrollarse dos años, y sólo vive como insecto adulto seis horas. Aprende a volar si es remontada por una fuerte corriente de aire, si no, muere en el piso sin batir las alas jamás.

Al ser humano la picadura de un moscote puede transmitirle la enfermedad del carcajeo; el infectado no puede dejar de reír compulsivamente hasta que pierde la razón o muere con el diafragma partido en mil pedazos. Este mal no tiene cura conocida.

Los indios patangones se protejen de esta alimaña poniendo un zorrino colorado delante de las toldos o en medio de las nubes de moscote, pues, según se demuestra , el olor de este animal los repele inmediatamente.

También el humo de bosta quemada, de guanaco o de llama, espanta al moscote; y la grasa de ballenato untada en el cuerpo impide la picadura de esta plaga.

Las patas, las alas y los ojos de este insecto descomunal son utilizados por las mujeres vírgenes para hacer máscaras y otros ornamentos infalibles en las fiestas de fertilidad y abundancia.

 

El Tzolchoco:

Este animal, conocido también como el payaso de ojito, no tiene forma alguna, es como un movimiento leve que se registra al costado más lejano del observador, una ilusión óptica.

Aparece y desaparece en los momentos más inesperados y en cualquier lugar y circunstancia del atardecer.

Se lo percibe con el rabillo del ojo y es de varios colores, sobresaliendo el rojo o el amarillo brillante.

Al fijarse la vista en donde se lo cree ver, el tzolchoco se mimetiza con el medio, toma la forma del objeto más cercano, pasando siempre desapercibido para las personas no avisadas.

Los tzolchocos se entretienen cambiando todos los objetos de lugar, escondiendo cosas, moviendo muebles y utensilios de uso cotidiano y permanente.                                                                                            

Sus bromas predilectas son la de dejar cosas en el camino para que los animales se tropiecen y caigan al suelo, y la de ocultar los elementos más triviales en el momento que deben ser utilizados con urgencia.

Si alguna vez se captura a un tzolchoco con vida, este se convierte en cuis y huye hacia la pampa socarronamente.

 

El Falso Moscote Pardo:

El grillo Inca o falso moscote pardo, es un grillo de fuerte, melodioso y profundo estridor.

De tamaño gigantesco y hábitos diurnos, compone y ejecuta encantadoras tonadas musicales que, luego, son imitadas de manera muy torpe por los avechuchos del lugar, casi siempre ruiseñores y zorzales.

Se los ve antes de cada tormenta y mueren ahogados por el agua de lluvia, pues jamás se ponen a cubierto para agitar sus alas al interpretar maravillosas canciones de amor.

Son grandes voladores y alcanzan alturas increíbles, donde apenas se atreven algunas grandes aves de rapiña.

 

El Sarsi o Sarsihuasichuzcu:

Esta alimaña cuadrúpeda tiene el cuerpo de rata, la cabeza de jaguareté y una larga cola venenosa con la que clava.

Su pelambre es gris y su piel verrugosa.

Es omnívoro y sagaz cazador de la inmensidad.

Aguardando paciente con las entrañas hacia afuera, el sarsi procura su alimento. Los animales carroñeros, algunos roedores, pequeños colibrí o insectos gigantes se abalanzan narcotizados sobre las vísceras multicolores y hediondas; el sarsi de un espasmo vuelve a tomar su forma natural, encerrando la presa en su primer estómago dentado. Luego de algunas contorsiones tritura a su presa, y ya muerta, la pasa al segundo estómago donde es disuelta por corrosivos ácidos gástricos.

Su aspecto macabro y su rugido potente le permiten amedrentar a otras bestias carniceras, que podrían darle muerte fácilmente, ahuyentar a sus presas o invadir sus cotos de caza.

Vive sólo en la descampada y se la pasa cazando casi todo el tiempo de su vida, nunca se lo ve dormir, por lo que se cree que descansa al eviscerarse voluntariamente.

Corre velozmente cuando presiente algún peligro, y es capaz de picar con su cola al perseguidor en plena carrera.

Al sarsi los indios oas lo matan con sumo cuidado, lo acechan hasta que muestra sus entrañas, y rápidamente lo ensartan con una larga lanza de tacuara. El animal herido y furioso tritura la caña con su estómago y muere de rabias echando sangre por la boca. Los indios oas utilizan las entrañas del sarsi para obtener una bebida alucinógena que llaman sarsita: mascan el estómago dentado de esta alimaña durante unos minutos, luego lo escupen en cacharros de barro cocido, y dejan fermentar la pasta así conseguida varias jornadas.

Extraen, delicadamente, los ácidos gástricos de los otros dos estómagos y los utilizan para envenenar filos y puntas de los cazadores. Sirven también para reducir huesos a tamaños inconcebibles de tan pequeños. Se han observado varias osamentas humanas completas reducidas al tamaño de una falange.

Con la cola trenzada del sarsi confeccionan canoas de gran resistencia e insuperable maniobrabilidad en las correntadas.

 

El Lador:

Bajo el mundo hay otro mundo, después un fuego, después algún desierto de sal, otro de arenas carnívoras, otro de calizas, otro de oro que enceguece, otro de cobre negro, otro de plumas, patas, espolones y picos de ave envenenados, y finalmente otro de arpillera. De este último se afirma que proviene el lador.

El lador es poseedor de una cabeza pequeña de musaraña, sobre un cuerpo que se va ensanchando geométricamente hasta dar con su tremenda y única pata de ocho dedos.

Avizorado de lejos aparenta ser una pirámide construida por ostentación, por torpeza o por locura.

Siempre andan en grupos numerosos y con su paso aplanan todo territorio, en el que se afirman para realizar sus saltos de varias leguas, resoplando y soltando babas.

Algunos nativos de la zona argumentan que la pampa resultó de una antigua estampida de estas alimañas.

Sus huellas profundas y numerosas dieron origen a cantidad de leyendas sobre gigantes, cíclopes, indios de tres metros y otras barbaridades entre los colonizadores, maravillados por las desmesuras y el colorido de un nuevo mundo.

El lador es hermafrodita, pero igual procrea con otra bestia de su especie, también hermafrodita. La ceremonia sexual es muy llamativa, pues combaten ferozmente hasta la extenuación, y luego en una danza rústica y torpe eligen parejas para ser fecundados y para fecundar.                                                                                        

                                                                                                                                                                          

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