Jorge
Santiago Perednik
SUPLEMENTOS
Y LITERATURA
O
LA CULTURA DEMAGOGICA
Un engaño demagógico sutil,
maestro, es la imagen con que consiguió ser asociada la demagogia: alguien que
desde un estrado o un balcón o por un medio masivo arenga a la multitud. En
realidad si la demagogia es el arte de conducir a la gente con engaños, también
hay demagogia sin demagogos, sin palabras altisonantes: una demagogia
impersonal, prudentemente recatada, de procedimientos. Incluso hay la que se da
el lujo de presentarse en contra de las demagogias. La demagogia del suplemento
cultural es peculiar: no tiene relación con la del líder carismático, pero
tiene sus destinatarios, su hipotético pueblo lector, y tiene un proyecto de
engaño, presentar un modelo cultural e implícitamente anunciarle a todos:
"ésta es la buena cultura", "ésta es la verdadera
cultura", o inclusive, muchas veces, "ésta es la única
cultura". También advertirles: "si aspiran a ser cultos, acéptenla".
La reacción de los lectores no puede ser uniforme, pero hay que reconocer que
muchos desean ser engañados: quieren conectarse con la cultura y leen los
suplementos, quieren 'hacer cultura' y procuran, a veces con desesperación,
aparecer en sus páginas. Al menos en dichos casos, que no son excepcionales,
los suplementos triunfan: consuman un engaño que se repite semanalmente. Luego
están los escritores que no se engañan; por el contrario, no por motivos económicos
sino queriendo asociarse al plan periodístico colaboran en las páginas de los
suplementos con la mayor asiduidad posible: piensan provocar así la ilusión de
ser los protagonistas de la cultura.
La demagogia del suplemento
cultural tiene sus bases persuasivas en su objeto y en su nombre. Como objeto su
capacidad de maquillarse con el color de lo necesario, sobre todo mediante el
uso de la repetición y la regularidad, hace que hoy sea inconcebible un país
sin ellos, no obstante su absoluta innecesariedad; y la necesidad de lo
innecesario es característica de lo que se conoce bajo el nombre de adicción o
vicio. A ello se suma la ambigüedad de la palabra cultura, que oculta una
pluralidad tanto como una singularidad tras un nombre genérico. Sobre esta
conjunción equívoca se sugiere o propone un imposible: que, si la cultura es
la multiplicidad de formas con que se manifiesta la vida en una sociedad humana,
el suplemento puede ser el lugar que dé cuenta de ella. Antes de que las
realizaciones desmientan esta propuesta, la breve extensión de cualquier
suplemento de un diario dice de su ridículo.
El objeto dice más; para
empezar, muestra cómo considera la cultura: la secciona, la vuelve una parte de
algo y al mismo tiempo algo aparte, concretamente un suplemento del diario. La
gente que quiere tomar contacto con la cultura, según esta propuesta, debe leer
una sección especial, que también es una sección semanal. Pero la cultura no
se manifiesta cada tantos días, ni es una parte de la realidad humana sino su
realidad misma. Negar esto, que es negar la cultura, se corresponde con la
principal vocación de este periodismo, abstraer a los lectores de lo que los
rodea y de ellos mismos, distraerlos con noticias que son chismes sobre lo
inmediato. Por otro lado el "operativo suplementario" trata de hacer
de la cultura (de la literatura, del arte, pero también de los modos de
relacionarse con el mundo propio y el ajeno) un suplemento. Para ello, si vale
la figura, en un primer paso, quirúrgico, recorta una parte del todo como quien
amputa del organismo un miembro y luego afirma con orgullo "tengo en mis
manos la quintaesencia de la organicidad". Paralelamente en un segundo
paso, taxonómico, coloca el miembro amputado en formol y pega en el envase una
etiqueta clasificatoria que dice "esto es la cultura". Inmediatamente
lo ubica en un estante con otros envases que dicen esto es la política, esto es
la economía, esto es el deporte, etc. Así trabajan los diarios. Por supuesto
el suplemento se puede conservar por los siglos de los siglos en algún archivo
o al día siguiente ir a parar al tacho de basura; está hecho para eso: el
archivo o la basura.
La palabra suplemento, con
doble elocuencia, como derivado de la palabra suplir refiere a una falta, a una
carencia, y luego a una suplantación. Y el suplemento cultural, haciendo de su
nombre una suerte de emprendimiento cultural, se dedica por un lado a promover,
más allá de toda política de faltas, de omisiones selectivas, una falta mayor
(la de la cultura), y luego a suplirla, a reemplazar esta ausencia forzada con
su presencia. A ponerse en lugar de la cultura y hacer sus veces; efecto
ilusionista de la parte, en este caso ínfima, que ocupa el lugar del todo. Si
el objetivo del suplemento fuera suplementar, ayudar a corregir un defecto, en
su caso el defecto sería falso, forzado por el suplemento mismo, que además sólo
puede disimularlo cubriéndolo con sus faltas propias, que son verdaderas.
Disimular
con las faltas del suplemento la relación con la cultura que tienen sus páginas,
es un truco generalmente exitoso: muchos observadores, cautivados por él, sacan
la atención de la cultura para fijarla en lo que la suplementa. De hecho la crítica
más refractaria hacia estos apéndices periodísticos suele pensarlos desde el
defecto: los critica porque su tarea es parcialmente errónea o insuficiente o
irrealizada. Lo que implica pensar el suplemento no desde el objeto mismo sino
por comparación con un supuesto suplemento ideal y perfecto. La comparación es
imposible, en tanto uno de los términos no existe, y el desplazamiento es inútil:
resulta en un análisis de las suposiciones sobre las intenciones, esto es, en
una acumulación de juicios sobre lo injuzgable. Pensar lo que se hizo conforme
a lo que se quiso hacer, y lo que se quiso hacer conforme a lo que se pudo haber
hecho; afirmar que los suplementos culturales de los diarios son defectuosos, es
pensar desde la propuesta del suplemento: desde una supuesta intención
irrealizada o un supuesto fracaso. Pensados en cambio desde los objetos mismos,
no hay defecto, hay proyecto; no hay fracaso, hay un éxito que se puede
apreciar en la propia realización.
Las revistas literarias o
culturales suelen ser un ejemplo notable: muchas veces, queriéndose enfrentadas
a los suplementos, no enfrentan su proyecto sino sólo sus realizaciones, como
un rival en situación de competencia. El resultado, digno del equívoco, es que
con estas críticas a los suplementos suelen ser sus mejores aliadas, los
mejores militantes del proyecto "enfrentado": se imponen el destino de
reparar o superar las faltas y defectos ajenos incluyendo en sus páginas lo que
los diarios no incluyen. Las revistas, muchas que se pueden leer hoy en día,
terminan así constituyéndose en suplementos de los suplementos, esto es, en
sus complementos.
Respecto a los lectores los
suplementos eligen con tanta habilidad qué es lo que publican y cómo, que
logran volverse un mecanismo de inmunización: impiden el placer de la lectura
en la medida en que impiden el decir del escrito: lo rodean, lo controlan y
resignifican con textos e imágenes (títulos, copetes, volantas, glosas,
biografías, otros textos, imágenes) que pasan a formar parte de él. Y lo que
es peor, el escrito pasa a formar parte de lo que lo rodea; esto de algún modo
se lee y causa displacer. En cuanto a la literatura, resignificada por los
suplementos, pasa a ser —periodismo, publicidad, política— otra cosa; en
este sentido la firma del escritor que allí aparece es una falsificación; en
última instancia el que firma y dice es siempre el suplemento. Y en la medida
en que usa el nombre del escritor para decir lo suyo, dice contra el escritor;
en este caso, como el ventrílocuo, hace de la figura del autor una suerte de muñeco.
La literatura y el periodismo,
el último indisolublemente entrelazado con la política y la publicidad, son
dos discursos similares, en tanto están hechos de lenguaje, y a la vez
opuestos: la escritura cuyo fin es hacer arte y el oficio que hace de la
escritura un instrumento para ciertos fines, desde imponer una visión de la
realidad, o imponer una realidad para la visión, hasta tomar el poder de esa
visión, además de lucrar, por ejemplo, promocionando lentes de aumento. La
literatura y el complejo periodismo-política-publicidad recuerdan la vieja
narración de Caín y Abel: los dioses preferirán siempre las ofrendas de la
literatura a las del periodismo y todos los golpes que aquélla reciba de éste
lograrán herirla de muerte. Pero a diferencia de la historia bíblica la
literatura es Abel y Caín al mismo tiempo: muere y renace una y otra vez, se ve
condenada a vagar sobre la tierra y es fácilmente reconocible por las
cicatrices que la identifican.
Alguien podría aducir que esta
perspectiva es errónea, que la única función del suplemento —al fin y al
cabo un órgano periodístico— es relacionarse con la literatura desde la
noticia. De cumplir esta función el público lector estaría en condiciones de
saber de qué se trata, o al menos de leerlo con la expectativa de informarse.
Nueva decepción. Igualándose con el resto del diario —¿por qué debería
ser de otro modo?— los suplementos no se proponen informar sobre lo que pasa
en literatura, porque quieren que no se sepa sino una parte: eligen qué libros,
autores, noticias difundir. El suplemento, tras su pretensión periodística de
equidistancia y objetividad, es un lugar ocupado desde el cual se impulsa una
política, una plaza donde se hace fuerte una facción de intereses. Sin
embargo, porque contrariamente a algunas revistas oculta la evidencia
partidista, la política de un suplemento no puede ser sino su modo de
disimular; se lee no tanto en lo que incluye como en la manera de hacerlo, en el
modo de excluir al incluir, y más abiertamente en el muestrario de sus
exclusiones. El suplemento decide qué publicar cumpliendo antes que nada con
compromisos extraliterarios; únicamente cuando excluye puede ser libre, dar
rienda plena a su gusto. Esta es su paradoja: sólo puede ser literario en la
omisión de lo literario. En cuanto a su fachada periodística, el mero intento
de relacionar la literatura con la noticia es miserable: informar y deformar, a
eso se dedican los suplementos y el periodismo, son peculiares modos de
despreciar la forma, esto es, aquello que es distintivo de la cultura.
El suplemento también
introduce la noción de público como razón de su existencia, y en esto una vez
más se muestra antiliterario: la imaginación más pobre para un escritor o
lector es la idea de un público, de una levedad que niega el vacío. Porque la
idea de público se entronca con la idea de éxito, y si hay algo no inevitable
pero sí muy frecuente es que el éxito vuelve estúpidos a los escritores, esto
es, los vuelve autores. Les da una palabra, su nombre, para que se imponga a los
demás, pero a cambio les exige una impostura, una voz concentrada en imponerse.
A partir de ella los autores deben decir no lo que es propio sino lo que
convenga al éxito. La palabra éxito literario etimológicamente significa
salida de la literatura, y efectivamente no hay que ser demasiado lúcido
para advertir que público, éxito y nombre de autor no están
imprescindiblemente relacionados con la literatura sino con la industria y el
comercio editorial, que son los que sostienen económicamente a los suplementos
en la medida en que éstos sostengan sus negocios. No hay por qué asombrarse si
en el Buenos Aires de fin de milenio los periodistas de un mismo suplemento que
escriben narrativa son publicados por un mismo sello editorial; más bien
conviene revisar cuánto espacio el suplemento dedica al susodicho sello.
Digamos que editar un libro a un periodista puede ser una forma de pagarle y que
los comentarios bibliográficos suelen ser la tarea publicitaria retribuida.
Digamos que las editoriales buscan tener agentes en los suplementos y que
no todos los periodistas resisten a tener editoriales de las que agenciarse retribuciones;
digamos que algunos suplementos publican sólo lo que es retribuido de algún
modo, y que ésta es su forma de ser culturales. En este círculo de
complicidades la literatura no puede ser sino un convidado de piedra: aparece en
todas partes, clonada, pero no toma parte como lo que es, literatura; al fin y
al cabo editoriales y diarios no buscan placeres literarios, sino el poder y el
lucro. Esta es la clave del problema, su nudo demagógico: entender el
suplemento es no olvidar en ningún momento que forma parte de un enorme
negocio, con ramificaciones políticas y económicas. Como se dice cultural,
la literatura forzosamente pasa por sus páginas a fin de alimentar esa ilusión:
las tetas de la literatura suelen amamantar demasiadas ilusiones.
El
que piense que no debería haber más suplementos se equivoca: eliminarlos sería
tan necio como cerrar las cloacas. Por el contrario, lo deseable es que los
suplementos se multipliquen, aumenten sus páginas, aparezcan diariamente. En
definitiva, puesto que los suplementos existen, es necesario, en vez de
considerarlos una fatalidad misteriosa, reflexionar sobre ellos. No muchos
pueden hacerlo. Hay una forma argentina de pensar, también estimulada por estos
medios, que es falsamente argentina (a lo sumo de alpaca, posiblemente de latón
bañado), y dudosamente una forma de pensar: abstenerse de ser uno mismo,
repetir lo instituido o lo que dicen los grandes nombres, esto es, los nombres,
ideas y esquemas que acumularon valor de cambio. Es la tradición intelectual
argentina de practicar el pensamiento ajeno, que se relaciona con una de las
funciones de este periodismo, incrementar el valor de cambio de los nombres, y
con una de las funciones de la sociedad, reproducir la realidad tal cual está
ordenada.
Alguien
me contó la siguiente historia: un compañero de trabajo, oficinista apasionado
por la literatura y riguroso devorador semanal de todos los suplementos
culturales que se publican en Buenos Aires, leyó el comentario bibliográfico
de un libro titulado Introducción a lacan. La palabra lacan
estaba escrita así, con minúsculas y sin tilde. No habiendo terminado de
entender la reseña, este señor recurrió a mi conocido y le preguntó "¿qué
es un lácan?". El nombre, la marca de autor, se había convertido en una
cosa. El tráfico de las cosas: impidiéndolo a su modo, sustituyéndolo
suplementariamente, desde la función de obstáculo, los suplementos realizan el
objetivo de la cultura.